miércoles, 14 de julio de 2010

una de esas tardes

En el verano de 1879 Friedrich Nietzsche escribió "El caminante y su sombra". Entre mucha letra, la mayor parte interesante, uno encuentra su pensamiento número 25, que dice:

25. Cambio y equidad.- Sólo puede hacerse un intercambio honrado y conforme a derecho, si cada una de las partes exige lo que cree que vale el objeto, teniendo en cuenta el trabajo que le ha costado conseguirlo, su rareza y el valor moral que se le atribuye. Cuando se determina el precio en función de la necesidad del otro, el acto se convierte en una forma sutil de robo, de cobro injusto y violento.
Si lo que se cambia es dinero, hay que tener en cuenta que una moneda cambia de valor según esté en manos de un rico heredero, un labrador, un comerciante o un estudiante: para cada uno de ellos podrá valer más o menos, según cuánto trabajo le haya costado adquirirlo. Esto es lo equitativo. Pero en la práctica, sucede todo lo contrario. En el mundo de las finanzas, la moneda de un rico perezoso produce más que la del pobre trabajador.


Cuando era chico e iba a la escuela era muy dedicado. Los deberes para hacer en casa eran un desafío y lo asumía con placer, como una oportunidad de mejorar y evolucionar y desarrollarme. Salvo en matemática, física y cosas así, en el resto de las materias tenía notas mediocres, porque me concentraba en lo que me gustaba y el resto solamente me lo sacaba de encima. Hacía todo el esfuerzo que hiciera falta para no repetir ninguna materia, y en lo que me gustaba realmente me mataba. En la universidad, a diferencia de la escuela, la carrera la elegí y el 99% de lo que tenía que estudiar sabía que me iba a hacer un mejor ingeniero y me puse las pilas para todo lo que se me cruzara. Durante dos tercios de lo que me llevó recibirme de ingeniero mecánico trabajé unas 10 horas por día de lunes a viernes, después iba a la facultad hasta las 10 u 11 de la noche y a casa a bañarme y dormir.
Ya durante la secundaria trabajé en una pizzería muy conocida de Mar del Plata preparando pizzas y hamburguesas y limpiando la cocina. Trabajé en el correo, en el depósito de un local de ropa, en 3 hoteles (primero llevando equipaje y estacionando autos y después en la recepción), y en alguna otra cosa que no me acuerdo. Mientras fui a la universidad trabajé como administrativo en una empresa de supermercados y en un restaurante de comida rápida atendiendo al público, preparando la comida o limpiando baños. No tenía casi nada de plata, pasé hambre y frío, vivía extenuado. Era feliz.
El fin de semana lo dedicaba a estudiar. Mentiría si dijera que hice algún sacrificio: es cierto que me privé de todo lo que uno se puede privar (hasta de usar la calefacción en invierno para no tener que pagar mucho gas) pero también es cierto que no lo hice por algo que me disgustara. Al contrario. Estudiar era mi placer, me fascinaba lo que estaba haciendo y era una aspiradora de conocimientos. Todo me atraía. Leía libros de matemática o mecánica como otros leen las historias de Hercule Poirot. Y como sabía que los ingenieros tienden a ser... cómo decirlo... peculiares, trataba yo mismo de complementar mi formación leyendo sobre economía, derecho, psicología, literatura. En fin, todo lo que pudiera.
El resultado de esto fue que me recibí con el mejor promedio de mi promoción. Nunca me consideré mejor que el juanito de al lado por eso. Las notas expresan la capacidad de uno para sentarse a dar un examen, y la relación que guarda con los conocimientos adquiridos y, sobre todo, con la capacidad para aplicarlos, no es del todo directa. Hay genios que simplemente no tienen oportunidad de estudiar, y hay idiotas a los que les salen las cosas. A la suerte no hay con qué darle. Lo mejor que uno puede hacer es estar preparado.
Cuando me recibí comenzó en Argentina una de nuestras crisis así que postulé para una beca en un par de rincones del mundo totalmente sin relación con mi vida hasta ese momento: Suecia y Nueva Zelanda. El primero me dio la beca antes que los kiwi, así que metí todo lo que pude en dos valijas y me fui allá por un año y medio a hacer una maestría en ingeniería automotriz. Para seguir con la costumbre, hice poco más que estudiar desde las 7 de la mañana hasta pasada la media noche. Ese poco más incluyó muchos amigos desde Islandia hasta Chile. En una clase eramos 28 y había 22 nacionalidades. Decir que fue un período enriquecedor sería como decir que el USS Nimitz es un bote.
Cuando terminé la maestría, mi tutor en el trabajo final me postuló (sin avisarme) para que la universidad me otorgara el título con honores, y me lo dieron. Con esto bajo el brazo, la empresa alemana en donde hice ese trabajo final me ofreció una posición para hacer un doctorado. Era una decisión difícil porque yo estaba ya mentalmente preparado para volver a Argentina, establecerme y empezar mi vida con un poco de mundo en la cabeza, satisfecho de haber tenido experiencias, haber viajado un poco, etc. Pero la oferta era buena, por lo menos en papel, y en aquel momento tenía una novia en Alemania y ya conocen el dicho de los bueyes. Después de tres años, la universidad que me dio el título de doctor también me lo dio con la máxima calificación y con honores, citando mi dedicación al proyecto, mi esfuerzo, mis circunstancias (extranjero, no dominar el idioma, etc.), mis capacidades, mi contribución, etc. Mientras el decano de la facultad decía todo esto, un amigo mexicano le traducía a mi mamá y la gansa lloraba a moco tendido. Flojita pa'emocionarse, la doña. Yo, por mi parte, que en aquel entonces no hablaba mucho alemán, no entendí ni medio así que no se me movió un pelo.
Terminada mi historieta académica, juré then and there que no iba a dar un examen nunca más. Quería ganar plata y producir, poner en práctica todo lo que tenía en la cabeza. Quería ser útil y ayudar al mundo a ser mejor. Quería casarme y tener hijos. Y que fueran honestos y buenos y trabajadores. Quería querer y ser querido. Quería volver a Argentina y devolverle algo de lo que había recibido en la facultad, pagado con los impuestos y las espaldas de todos los argentinos. Pero me quedé en Alemania. Una empresa automotriz con un equipo de Fórmula 1 me hizo una propuesta que no pude rechazar. Ganaba bien, el trabajo era un sueño, todo bonito. Conocí a Novia y ahora vivimos juntos. Compré un departamento.
Me deprimí.
Quién sabe cuándo comenzó. Seguro que no en el último año. Más bien hace 3 ó 4 mientras todavía estaba haciendo el doctorado y este país hizo de mi alma lo que cualquier vaca con pasto seco: masticarlo y vomitarlo cuatro veces, y después cagarlo.
Y acá estoy. Hace cosa de año y medio mi ánimo se deterioró tanto que empezó a afectar mi trabajo. Ya no me dedico, ya no me atrae, no me importa. Soy una sanguijuela en cuanto a que cobro mi sueldo pero no produzco. Y como no puedo vivir con mi conciencia haciendo eso, me puse a pensar y llegué a la errónea conclusión de que mi trabajo no era excitante y me busqué otra cosa, siempre dentro de la misma (y gigante) empresa, porque como empleador es excelente. Un mes después de que me cambiara a mi nueva posición, la empresa se retiraba de la Fórmula 1 y todos los empleados (unos 350) fueron reubicados en otros proyectos o tareas. Y ahora, en esta nueva posición, me quiero cortar las pelotas por las estupideces que tenemos que hacer. Este trabajo sí que es aburrido y desagradable. No tiene casi nada que ver con lo que estudié y es ridículamente innecesario. Estoy mucho más infeliz que antes y no sé qué hacer. Y en cualquier caso, hago menos. Soy una ameba, voy con la corriente, no tengo voluntad propia. Nada me atrae ni me excita. No soy ni la sombra de lo que era. No tengo dedicación, soy un vago, me la paso perdiendo el tiempo con internet en lugar de trabajar. Y me avergüenzo. Y no sé qué otra cosa hacer. Y ya no confío en mi criterio y no estoy seguro de que sea mi trabajo sino la depresión. No quiero creer que de pronto me volví un inútil, un vividor, sinvergüenza, un rico perezoso.

8 comentarios:

Pablo dijo...

Te pudriste hermano, te llenaste las bolas, a veces pasa. Un poco de culpa tenés por vivir parado sobre el acelerador, yo te doblo la edad mas o menos y haciendo lo que considero una buena carrera recién llego a máster, pero en el medio tengo hijos perros, amigos, familia, etc. Una cosa que adoro hacer y siempre me da placer (hasta lo haría gratis, bah es un decir, la UBA no da ni para la cocacola) es ser docente ¿alguna vez lo pensaste?

Martín dijo...

más de una vez lo pensé, sí. Me gusta la docencia, fui ayudante un par de años en la facultad de naturales y sociales en MdP, tratando de que los estudiantes de geografía aprendieran la tabla del cero. Hoy por hoy es imposible, mi nivel de alemán no es tan bueno como para pararme frente a alumnos y ayudarlos como se debe.
Amigos y familia tengo, perros cuza de collie y Leopard 2, no, pero tengo dos hámster de 17 y 35 gr que no te cuento. Hijos, lamentablemente, nop. Eso es lo que más lamento.

Linda dijo...

Y que te falta pa ser papá?

Martín dijo...

Linda, me extraña. Vos como madre deberías saberlo. Falta que venga la abejita y le ponga la semillita a Novia. Si me lo explicó bien claro el cura cuando estábamos terminando la secundaria (a los 17 años) =P
En serio, pasa que si bien por un lado un hijo quizás le daría sentido a mi vida, la palabra clave acá es "quizás". No puedo apostar la vida de un ser humano. Mis padres están divorciados y eso es algo que no quiero que mis hijos pasen. Vos sabés mejor que la mayoría lo que eso implica.
Y yo, como padre me veo, pero no en este estado decadente y lastimoso en el que estoy. No sirvo ni para repuestos.

Linda dijo...

Martin...tienes toda la razon...y si juntas tu lanita y te pones un negocio propio donde tu seas tu propio jefe? un negocio de algo que te guste hacer, no se, tu eres inteligente y sabras que poner. Ponlo en Argentina o vente pa Mexico, tal ves eso le de sentido a tu vida.pero ya regresate a este lado del charco!dicen que un negocio es como un hijo, lo bueno es que si no resulta el negocio no se quedara sin padre.

Martín dijo...

sabias palabras, srta.
La idea la tengo por ahí en algún lugar de mi cabeza. Hasta le voy dando forma, pero hace falta capital, económico y humano. En eso estoy...

Linda dijo...

Y que tal seras tu como jefe? porque si te vienes a Mexico me apunto a tu capital humano!
:o)

Martín dijo...

puff! yo de jefe... no sabo, no contesto.
Con lo de "capital humano" me refería a mí mismo, que tengo que aprender más sobre negocios y cómo y dónde poner el dinero. Y además, en mi condición de deprimido, no me veo con mucha fuerza para afrontar dificultades, que suelen ser la regla, no la excepción.