viernes, 23 de diciembre de 2016

el viaje de mi vida

Vivir en Europa es un lujo y un placer, primero por todo lo que funciona, y segundo por todo lo que permite a sus ciudadanos. Uno puede viajar como loco entre lugares interesantísimos, cruzar 7 países en 6 horas y monedas (por ejemplo así), aprender idiomas, probar comidas fenomenales, ver paisajes que te sacan el hipo, y así todo el día.
Pero un servidor, a pesar de tener casi toda Europa recorrida (me quedan Ucrania, Islandia, Chipre, Rumania, Bielorrusia y Moldavia), el triste hecho es que poco y nada sabe de su propio país, Argentina. Esto debe ser corregido y estoy en eso.
Para empezar, la Patagonia. Así que por un modesto costo diario equivalente a mis dos riñones y la córnea del ojo izquierdo me alquilé un lujoso Renault Clio y me lancé a la siguiente ruta (como Google Maps no acepta tantos destinos, lo tuve que dividir en 3):

Primera parte del periplo, los primeros 6 días:


Segunda parte, los siguientes 3 días:


Y la tercera y última parte, otros 4 días:


Para empezar, quería visitar tantos parques nacionales como fuera posible, y con un poco de tiempo y mucho ripio logré visitar cuatro:
  • el Parque Nacional Los Alerces, el único que por algún motivo me cobraron algo (90 ARS, algo así como 5,50 EUR) para entrar. Estoy de acuerdo con que cobren algún tipo de entrada, cánon, o como se llame. Son lugares que, si bien pagamos con nuestros impuestos, hay que mantener y supervisar, y están en áreas más que remotas. Tiene una superficie de unas 265000 hectáreas (algo más grande que Luxemburgo) y es una belleza de proporciones increíbles. Este parque ya lo visité en 1995 o algo así en un viaje por trabajo, cuando me mandaron a ayudar con un inventario del supermercado La Anónima en la ciudad de Esquel.
  • el Parque Nacional Perito Moreno, que no hay que confundir con el Glaciar Perito Moreno (mucho más al sur), o el pueblo (a unos 20 km del Lago Buenos Aires/Gral. Carrera). Este parque queda justo a la misma latitud que la ciudad de Puerto Deseado pero pegado a la cordillera. Es el menos visitado de todos los que hay en Argentina, con apenas 1000 visitantes por año. De hecho, ese día hubo, además de los guardaparques e investigadores, otros dos autos de visitantes además del mío. Lo que sí había era un viento de esos que le dan fama a la Patagonia: que si se te vuela una bufanda, en tres minutos la ven pasar por Comodoro Rivadavia.
  • el Parque Nacional Monte León, al sureste de la provincia de Santa Cruz, donde hay principalmente lobos marinos de un pelo y pingüinos de Magallanes. Este fue el punto más al sur de todo mi recorrido, prácticamente enfrente de las Malvinas (aunque eso sería Río Gallegos).
  • el Parque Nacional Bosques Petrificados de Jaramillo, que a pesar de que queda en el medio de la reverenda nada (y nada es lo que abunda ahí abajo), es bastante famoso y, después de haberlo visitado, es obvio por qué.
Para no hacer esto tedioso paro acá y la próxima describo los cuatro parques con algún pormenor y fotitos. Pero lo que sí quiero comentar antes de cortarla por hoy es que hay algo que uno tiene que aceptar en viajes de este tipo, y es que no se puede visitar todo. Una vez estuve en Malta y, si bien es un país de apenas 316 km², uno se puede pasar varias semanas ahí si quiere visitar absolutamente todo. Con esto en mente, acepté saltearme cosas que pueden parecer esenciales como El Chaltén, El Calafate, el Glaciar Perito Moreno y cosas así. ¿Lo lamento? Terriblemente, sin dudas, pero si mi vida no se va al tacho creo que alguna vez podré tildar ese casillero, cámara en mano, ojos y mente abiertos, corazón sobrecargado de emoción.
En estos 12 días le metí 6208 km al pobre Clio, de los cuales 1500 km fueron de un ripio bastante agresivo. Unos 456 litros de nafta súper circularon por ese motor, que gracias a la exención de impuestos por debajo del paralelo 42 significaron "solamente" unos €400. A €75 por día de alquiler, el auto fue el costo más grande, de lejos. En hoteles gasté €550 y en comida y demás (todos los días una linda cena) solamente €240. Saldo: una bicoca para lo bien que lo pasé y lo bien que le hizo a mi alma. Y como no puedo evitar ser yo, acá una fotito simbólica...

martes, 20 de diciembre de 2016

¿por qué?... la yapa

Mi memoria me decía que no era todo, pero no le hice caso. Acá tá...

Saliendo de Caleta Olivia por la ruta nacional 3, que va pegada a la costa, se ve un paisaje increíble. Yo pensaba que solamente se encontraba agua de ese color en lugares como la costa de Croacia, o de Sicilia, o en los folletos de las agencias de viajes. Las pelotas. En la costa argentina, bien al sur, allá donde la civilización apenas asoma y el océano atlántico tiene piedra libre, también. Si no, mirá:


Es lindo, ¿no?... No. Era. Cuando uno mira en detalle, entrecierra los ojos hasta que forman una rendija (manera chota de mirar el mundo si las hay, pero necesaria a veces), ve cosas como esta:


O sea, gente arruinándola para el resto. Gente siendo gente. Estúpidos, que quiero pensar que son contados, de esos que se creen que la basura desaparece del mundo una vez que desaparece de su campo visual. Los mismos idiotas que, con su cerebrito bonsai, llegan hasta el siguiente razonamiento: si tiro la latita por la ventana del tren, no ensucio el tren. Y me ahorro tener que pararme y caminar hasta el final del vagón, donde está el tacho de basura. La misma mentalidad de unas viejas estúpidas, de esas que caminan agarradas del brazo, que me vieron una vez caerme en la moto (por suerte iba a paso de hombre y lo único lastimado fue mi orgullo) y me dijeron que las motos son muy peligrosas y que la vendiera. ¿A quién? me preguntó mi cerebro. Para el que compra la moto, ¿no es peligrosa? Esa mentalidad acotada, con un poder de mantener una línea de razonamiento que se acaba cuando llega la siguiente respiración, es un cáncer que hay que erradicar. No es aceptable. No me interesa si los que (no) piensan así se extinguen o aprenden a pensar, la cosa que se termine esta complacencia con uno mismo y con los demás. Nunca levanté ni levantaría un dedo contra otra persona, pero a esos les deseo la extinción. Deshonran la vida, los dones de la naturaleza, el privilegio de estar vivos, e insultan a los que se rompen el traste y sacrifican su vida para que otros, contemporáneos o futuros, tengan un mundo mejor. Lamentablemente Darwin es muy lento en algunos contextos.
Y la corto antes de que alguien me tire una zapatilla, pero no sin el postre:

domingo, 18 de diciembre de 2016

servilletas de papel

Siguiendo un poco con la onda ecológica, hace muchas lunas que vengo con un tema en la cabeza que quiero volcar acá y ahora encontré el tiempo para saldar esta deuda: el desperdicio diario.
No soy un ecologista, no ando abrazando árboles, no reciclo las velas, ni como chorizo de tofu; ni siquiera me molesta desafiar la imperturbabilidad de la cadena alimenticia. Pero odio el desperdicio. Acá quiero detenerme por un momento: odiar es un sentimiento interno. No depende de lo que nos pase o lo que nos hagan, sino de nosotros mismos. Es como el amor, pero no el contrario (eso sería el miedo). El odio, si bien nos es generado por algo o alguien que nos daña o perjudica, por nuestras propias frustraciones y una suerte de marchitamiento de nuestra alma, es un sentimiento interno. Hay personas que no pueden odiar, como hay personas que no pueden amar. Odiar daña al odiador, no al odiado... en lo más mínimo.
No odio casi nada, entonces, pero el desperdicio tiene membresía de platino en un club muy selecto al que ni siquiera los alemanitos pueden asomar la nariz.
Así que para vivir la vida de una forma a mi criterio más aceptable, hay cosas que hago que prácticamente no influyen en mi existencia diaria ni significan prácticamente esfuerzo, y sin embargo creo que tienen su efecto positivo en el medio ambiente. Voy a tratar, a modo de aporte social, de listar todo lo que pueda de esas pequeñas cositas que ayudan a reducir substancialmente el desperdicio que generamos muchas veces sin darnos cuentas.
Entonces...
  • servilletas: hoy la publicidad nos enseña que para limpiarnos la comisura de los labios o una gota de agua en la cocina necesitamos una servilleta entera, de esas de 20x20 cm o algo así. La realidad es que una puntita alcanza. De hecho, hay varios trucos para maximizar el servicio que nos puede dar una humilde servilleta. A ver:
    • se puede cortar: resulta que el papel tiene fibras que van en una cierta dirección, y si uno la siente o sabe cuál es, puede cortar la servilleta con los dedos en una línea bastante recta. Así obtiene pedazos más chiquitos y a la medida de la tarea.
    • otra forma es separar las capas de las servilletas: en Argentina son medio berretas y de una capa, pero hay muchas que son de dos o incluso tres, y si uno tiene ganas se puede entretener un buen rato desdoblándolas y separando esas capas (a veces hay que soplar, como si fuera un diente de león), para después doblarlas individualmente y así obtener pedazos que parecen servilletas normales. Yo sé que esto parece demasiado laburo, pero en mi caso particular me encanta hacerlo mientras miro tele o hablo por teléfono. Este origami pedorro me relaja. Sí, sí.
    • una que hago mucho, pero hay que ser un poco cara dura, es juntar enseguida las servilletas que me dan en un bar cuando pido algo. No hablo de robar servilletas, sino que hoy en día parece que pedís un café y te ponen una servilleta entre taza y plato. Pedís una medialuna y pum, servilleta. Pedís un cubierto y ¿en qué te lo envuelven? Bingo, en otra servilleta. Y encima te dejan un servilletero para que agarres las que se te ocurra. Pues bien, si las servilletas que te traen con tus cosas están en buen estado, antes de que se ensucien las apilo y me las guardo, porque ponerlas en el servilletero sería anti-higiénico. Así que me quedan para casa. Jamás tomo una servilleta del servilletero para llevarme. Eso es robar. Punto.
    • en los comedores escolares o del trabajo, agarrar lo que haga falta, no más. Muchas veces donde yo trabajaba la gente agarraba un puñado (7 u 8) para después limpiarse la comisura con la punta de una y todo a la basura. Eso es una pelotudez de proporciones bíblicas. Esto es cortar árboles, hacerlos pulpa, mezclarlos con agua, etc. para después simplemente echar el producto a un tacho de basura, que hay que recolectar, separar, reciclar, etc.
    Resultado de todo esto: en lugar de comprar servilletas una vez por mes, ahora compro una vez por año, como mucho.
  • azúcar: en cualquier café donde uno se sienta hay azúcar en sobrecitos. Esto es una locura. No conozco las desventajas de poner azucareros en cuanto a higiene, pero no se me ocurre que la haya si están bien diseñados. Han servido toda la vida y a algún vivo de esos que hacen estudios de mercado se le ocurrió la estupidez de fraccionar así en esos sobres de 6,25 gramos. Al reverendo do-pe. Pero bueno, sobre esto no hay control, salvo el que quiera hacerle el comentario al mozo o dueño del lugar para que cambie el sistema. Sin embargo, cuando no hay más remedio que usar sobrecito, todavía queda un pequeño espacio para contribuir: si uno no consume todo el contenido, puede guardarlo para la próxima. Basta con tomarse la costumbre de abrir el sobrecito solamente por la punta y enrollarlo después de verter lo que se necesita, y guardárselo para la próxima. Para evitar que pierda, mejor en un bolsillo de esos que presionan el contenido y lo mantienen chato, como los bolsillos para tarjetas de crédito o algo así. El asunto no es menor: una bolsa de un kilo de azúcar cuesta 9 veces menos que 1 kilo fraccionado en sobre, sin contar el transporte, el papel de los sobres, la energía de empacarlos así, el almacenaje, etc.
  • electricidad: fácil, apagar la luz cuando no se usa.
  • agua: fácil, no tirar el agua. Esto es serio, no tenemos tanta agua como parece, y extraerla, purificarla y distribuirla es un esfuerzo enorme, tanto que la mayor parte, repito, la mayor parte de los seres humanos no tienen acceso a agua potable. Duchas cortas, lavarropas lleno, no lavar el auto salvo que sea realmente necesario, lavar los platos de forma inteligente (los lavavajillas antes usaban mucha agua, hoy en día son más eficientes que el lavado a mano siempre que se los use más o menos llenos), cuidar lo que se tira al desagüe, etc.

O sea, todo esto es puro sentido común, nada que cueste ni dinero, ni esfuerzo, ni tiempo. Un poco de hábito, quizás. Como tratar bien al prójimo. O pensar antes de hablar. O de actuar.

sábado, 17 de diciembre de 2016

¿por qué?


Viajar expande los horizontes del alma, dicen, y si es por lugares de la magnitud de la patagonia, además desintoxica. Y más si sos bicho de ciudad, como un servidor. Después de todo, la patagonia tiene la superficie de Alemania y Francia sumadas, y la población no llega a la de Mar del Plata. La mente vuela y las ideas vienen y van sin más obstáculos que los internos, que también se disuelven a medida que los días pasan y uno baja las revoluciones. Uno se pone a pensar en la sociedad que deja atrás y en las cosas que la hacen funcionar, y cómo: sus relaciones, sus excesos, sus banalidades, las cosas que se toman como vienen, sin cuestionar, o esas otras que se cuestionan más por ignorancia y proyección de frustraciones y pedos internos que porque realmente alguien sepa cómo hacerlas de otra forma. Pero me estoy yendo de tema.
Hay cosas que son fenomenales para una sociedad. Uno podría mirar un país bien desarrollado y con prácticamente todos los temas resueltos, como Suiza, y hacer una especie de inventario de lo que tienen: aeropuertos, hospitales, policías, maestros, piletas de natación, autopistas, queso, televisores, teléfonos, vacas, pasto, y así hasta cubrir toda la tabla periódica. Pero todo esto, salvo el pasto, cuesta plata. Cantidades ingentes, de hecho: internet, bibliotecas, educación, seguridad, salud... son cosas caras que requieren una enorme inversión.
Hay otras, en cambio, que son gratis. No cuestan nada de nada y tienen puras ventajas; no ocupan lugar, no hay que mantenerlas, no requieren siquiera infraestructura, pero sí requieren quizás lo más difícil que se le puede pedir a un ser humano: mentalidad.
Por ejemplo: poner la basura en donde corresponde. No digo tratarla (reciclarla, usarla como combustible, reusarla, etc.) porque eso a veces se compensa económicamente, y a veces no; el beneficio es simplemente ambiental, que no es poco. Pero poner la basura en un tacho es gratis. En Suiza y en Argentina. Y sin embargo...


Esto (43° 53' 2,4" S / 65° 50' 44,3" O) era una estación de servicio. Están los pozos con los tanques, los baños, las estaciones con las bombas de carga, la oficina del despachante, el estacionamiento para camiones, las huellas de acceso y egreso... todo. Supongo que hace unos 20 años la cosa no funcionó más, se dejó de usar y se desmanteló. Hasta cierto punto. Porque la cantidad, clase y estado de la basura en este lugar sugiere que es usado para deshacerse de lo que a varios les sobra, convirtiendo el paraje simultáneamente en un imán y en un surtidor al viento de porquerías.


Revisando las fotos se ven repuestos de autos, botellas de vidrio, bolsas de basura doméstica, pilas (inconcebible), botellas de plástico, filtros de aceite (inconcebible²), juntas de tapas de cilindros de un motor, bolsas de plástico, ovejas muertas (había varias), lonas, botellas de medicamentos, latas de aerosoles, bidones, esponjas, cubiertas de autos o camiones, latas de aluminio, pomos (creo que de dentífrico, circuitos electrónicos, y otras cosas que no puse. Y esto, para el que se molestó en mirar las coordenadas que puse más arriba, en una de las zonas de la Patagonia más ventosas que hay. No hay nada que contenga la basura que levanta el viento. Hasta donde daba la vista, unos 500 metros a la redonda, el lugar es un chiquero.
Pero esto no fue lo peor. Acá va otra: en la provincia de Santa Cruz, yendo desde Tres Lagos a Comandante Luis Piedrabuena por la ruta nacional 288, unos 4 km antes de que se empalme con la ruta 3 (49° 57' 55,1" S / 68° 58' 4,8" O), uno se encuentra con esta escena:



Son muchas, muchas hectáreas cubiertas de basura de toda clase: colchones, televisores, lavarropas y otros electrodomésticos, bolsas, cajas, pañales, sillas, muebles en general, partes de autos, bicicletas y quién sabe qué más. La situación es tan patética que parece que los que no vienen a dejar su mierda en este lugar, vienen a buscar la de otros, como esta gente:


No tengo la objetividad para saber si lo que se ve exclusivamente de las fotos refleja la realidad y transmite lo que sentí ante semejante vista. Es una experiencia devastadora, que rompe el corazón, que corta la respiración. Tan innecesario, tan criminal, tan gratuitamente estúpido, negligente, horroroso, y lo peor: evitable. Tan fácilmente evitable. Más adelante, tomando hacia el sur por la ruta 3 está el Parque Nacional Monte León, donde visitantes tanto argentinos como extranjeros se deleitan viendo fauna marina (sobre todo pingüinos de magallanes) y, si tienen mala pata, algún puma. Linda combinación: un orgullo monumental haber nacido en un país donde esos animales hermosos deciden anidar, y una vergüenza más grande pertenecer a la misma sociedad donde otros animales, más inmundos y bestias, hacen semejante cosa. ¿Con qué necesidad? ¿Y dónde están las autoridades en todo esto? ¿No lo ven? ¿No les interesa?
Mecacho.

viernes, 25 de noviembre de 2016

la realidad

Estoy enfermo, con dolor de garganta, dificultad para tragar, malestar general, you name it. Y no es para menos. Llegué a casa hace 10 días y no he hecho más que pasar frío. Me había olvidado que incluso en noviembre Mar del Plata puede ser bastante fresquita. Y para colmo, la realidad...
Repasando: no tengo trabajo (por ahora por elección... todavía) ni sé muy bien lo que quiero hacer o lo que puedo. Económicamente es difícil empezar un emprendimiento propio, y sin tener una idea concreta, una dirección, un talento vendible, capital inicial y, por supuesto, el mercado apropiado al alcance, comenzar algo es más que difícil: es poco inteligente. Y mientras algún millonario no me adopte, no tengo margen de error.
Emocionalmente soy un desastre, no hay otra forma de expresarlo. Estadísticamente hablando tengo la mitad de mi vida recorrida, y si bien tuve mis momentos, el hecho es que también la pasé muy mal y me salteé esa edad en que, lo admitamos o no, son la suerte y la inexperiencia las que se encargan de que se formen muchas más parejas de las que deberían. Soy una persona muy romántica, y mirando el presente veo que lamentablemente no estoy enamorado de mi novia, ni siquiera siento que la atraigo; no porque no sea así, sino porque está tan cohibida que no puede darse el permiso de demostrármelo cuando se le da la gana, y ni sabría como. El por qué lo conozco (su madre) pero no me resuelve un bledo. El hecho es que me falta romance en mi relación. Cortarla y buscar pastos más verdes en otro lado siempre es posible, pero tengo problemas graves y concretos en este campo: me cuesta confiar en alguien, y no es ninguna revelación decir que mientras más central es el rol que cubre una persona en mi vida, más cuidadoso me pongo para elegirla. Y Novia la recontra arruinó al principio, al medio apenas si aflojó, y ahora estoy tambaleando en mi determinación de intentar un futuro con ella.
Para no ser tan aburrido y complicarla un poco más, soy (ya sé: hoy estoy hablando mucho de mí) un hombre con un sentido estético muy marcado y quiero una mujer con una cierta belleza externa. No creo que busque una modelo ni nada por el estilo. De hecho, de pensarlo siento un poco de rechazo. Pero sí busco a alguien que tenga algo que me deslumbre, que me embobe, que haga que mi estómago se dé vuelta y mi corazón se saltee un latido, igual que cuando miro una Ducati o una foto de Fan Ho. Mucho tiempo me sentí culpable por esto, superficial, inmaduro, pero es lo que mi sistema necesita y punto. Y físicamente tiene que atraerme; no soportaría alguien que se descuide, ni un cuerpo que no guarde cierta armonía y elegancia. Hasta acá ya veté a casi todas las féminas existentes, pero recién ahora empieza lo difícil. Busco una mujer decente (modesta, honesta, buena persona, leal), inteligente y con carácter. En definitiva, un compendio de algo así como lo que expresaron los griegos: lo verdadero, lo bueno y lo bello. Desde que tengo uso de razón admiré esas cualidades en una persona, y desde que tengo hormonas y me di cuenta de que me gustaban las mujeres que voy en busca de la combinación. Una cosa llevó a la otra. Pero a mi edad las posibilidades se van haciendo muy, muy escasas. O sea, me voy a morir paseando a mi collie fronterizo. No es chiste. El tiempo no se detiene.


Nunca faltan esos pobres idiotas que salen con un retruco y me apuntan con el dedo preguntándome qué es lo que yo tengo para ofrecer; me dan ganas de romperles el dedito, por predecibles. Simplemente sucede que desde siempre cultivé esas cualidades (exitosamente o no, soy el primero en admitirlo). Pero fui todavía más allá. Cuando vi las cosas que tenían que tolerar las mujeres si querían encontrar a alguien, observé con cuidado y cultivé en mí no solamente a un buen hombre, sino también a una buena persona. Escuché una vez una discusión sobre lo que era la distinción entre un hombre simpático y uno bueno, y coincidía muy bien con mi propia filosofía; algo así como la distinción entre Ley y Justicia. En caso de duda, siempre optar por lo segundo, en ambos temas.

viernes, 18 de noviembre de 2016

feliz cumple

Ayer cumplí años y me escribió un amigo de esos que uno puede no ver por dos años y al reencontrarse todo sigue como si no hubiera pasado un día. Me preguntó cómo estaba y cómo anda mi cabeza y mi corazón. Me pareció que lo que le escribí, con esa claridad y serenidad que las 6 de la mañana ofrecen; gracias al desfase horario, dado que llegué a Argentina hace un día y medio. Esto es entonces lo que le contaba...

hola Amigo,
sí, sí, 24, justo. Más o menos. Sumale 19.
En este momento estoy en casa, aterricé el miércoles a la mañana. Vine por un par de meses, hasta fin de enero. Desde principios de mes Novia se mudó a su país para establecerse y empezar a ir un par de veces por semana a donde va a trabajar a tiempo completo desde principio de enero. Yo voy a tratar de tomar una decisión, pero no estoy seguro de lograrlo. Cuando te veo a vos tan establecido, me da mucha envidia. De la sana, obvio. No sé si tenés esa expresión en México, envidia sana, esa que te alegrás por la otra persona pero desearías lo mismo para vos mismo. Ya sé que el pasto tiende a parecer más verde del otro lado, y seguro vos tenés tus fantasmas, pero al menos en el papel se te ve bien, exitoso en tu trabajo y has encontrado pareja y has empezado una familia. Obviamente la clave de todo eso sos vos, y cómo lidiás con la vida.
Yo, mientras tanto, cargo con mi cabeza y suficientes fantasmas como para hacer que el hombre de la bolsa se cague de miedo. Pero en serio, no tengo muy en claro para dónde agarrar. Amigo2 hace unas semanas me escribía que no es obligación saber para dónde agarrar, que no debo tener todas las respuestas y que me tome todo el tiempo que necesite. Tiene razón, pero mientras tanto el tiempo pasa y yo te juro que me encantaría encontrar una pareja. En este instante, con toda sinceridad, me es claro que si me quedo con Novia estoy resignándome. Lo cual de por sí, a pesar de ser una tragedia, no significa que sea malo. A veces es lo que hay que hacer, es la decisión más inteligente. Pero por una vez me gustaría encontrar una compañera que atraiga a mi corazón y a mi mente. ExesexNovia: extraordinariamente linda, más o menos inteligente, pero puta. ExexNovia: hermosa, inteligente, pero mala persona. ExNovia: linda y estúpida. Novia: no tan linda, inteligente, pero me trató como un saco de boxeo y las heridas de ese calibre no se evaporan así nomás.
Y acá estoy, en un país que ya no es el mío en el grado en que lo era antes. Aprendí demasiado para mi propio bien y los problemas que hay, el 90% de los cuales se resolverían sin más costo que el político y están ahí al alcance de los dedos, me entristecen.
Veremos cómo sigue. Una opción es vender mi departamento en Adolflandia y vagar por el mundo un poco más, pero no me gustaría hacerlo por falta de otras opciones, sino porque eso es lo que quiero, y la verdad que no lo es. Me gustaría volver a tener un trabajo y una estructura, pero más que nada en el mundo me gustaría encontrar amor en una mujer que me guste mental, espiritual y físicamente, y la experiencia hasta ahora me dice que es una utopía y que debería resignarme.
Abrazo,
yo

domingo, 6 de noviembre de 2016

el momento decisivo

Henri Cartier-Bresson es, para mi gusto, el fotógrafo. Si bien el tipo se concentró en fotografía callejera, esa de capturar imágenes de momentos espontáneos en lugares públicos, el hecho de que basó su carrera en una cámara (una Leica) y un objetivo (el más común, de 50 mm) es lo segundo de él que más admiro. Lo primero es el encuadre y la composición. Es interesante recordar que en aquel 1931 en que él compró su primera cámara la empresa Leica, hoy sinónimo de aparatos que hacen honor a los mejores valores alemanes en fabricación de dispositivos mecánicos, había empezado a producir cámaras de forma experimental apenas 6 años antes simplemente para probar los objetivos que producían. Era, digamos, desconocida.
Si hay algo que valoro es la sinceridad, y ya el hecho de que HCB viviera antes de los programas de retoque de fotos ya le da un mérito. Pero hay algo que ningún programa (todavía) puede hacer, y eso es cambiar el encuadre. Lo que me impresiona de este fotógrafo es la composición que él tenía: no solamente era es alucinante, sino que el sentido de la oportunidad que ejercitaba era increíble. Como creador de la street photography, el sentido estético que poseía (murió en 2004, aunque dejó de fotografiar en 1975) era fenomenal. En sus fotos nada sobra, nada falta, y todo tiene su lugar y su función. Son son una genial apelación de humanidad.


Cada vez que miro el trabajo de este genio me doy cuenta que debería pasar más tiempo detrás de la cámara y menos delante del monitor. No es que haga ridiculeces con las fotos en la computadora, pero definitivamente podría pasar más tiempo simplemente caminando por ahí con algún teleobjetivo y tratar de retratar gente. Lo del gran angular no me da, soy demasiado tímido y no puedo evitar un cierto sentimiento de culpa: un efecto predecible de residir en la tierra de la paranoia.
Me acuerdo muy bien que cuando empecé a sacar fotos (a los 4 años, y a los 10 ya había leído el Manual de Fotografía de Kodak) quería lograr esto de fotografiar momentos decisivos. No sé si vi fotos de él que me inspiraron o simplemente de otros fotógrafos que de vez en cuando lograban algo del efecto que él tan bien sabía conseguir, pero el hecho es que con los años, si bien mejoré tanto técnica como artísticamente, empecé a distanciarme de esa fotografía y a concentrarme más en la luz, los cual es indiscutiblemente esencial, los colores (él siempre fotografió en blanco y negro y de hecho desdeñaba el potencial artístico del color en las fotos), en los patrones y en los motivos, pero el encuadre y la composición como que los abandoné, casi por resignación. No es tarde, y los voy a desenterrar y tatuármelos en el dedo con que disparo la cámara.
Otra cosa que tengo que hacer es vencer mis miedos y largarme a fotografiar gente, personas, seres humanos. Claro, para eso tendría que mudarme a un lugar donde los haya, pero estoy en eso. Por lo pronto creo haber alcanzado un poco de nivel técnico como para animarme a expresar algo de lo que veo del mundo. Quizás las personas no sean el elemento principal, pero sus obras lo son. Como esta foto que saqué en Venezia, que no deja de enorgullecerme.


Tengo otras de esta ciudad mágica, muy lindas también, pero esta es la que siempre me impresiona. Tengo una versión en B&N que le estoy sacando punta, a ver si en el algún momento me animo a imprimirla y colgarla en alguna pared.

viernes, 4 de noviembre de 2016

los ejércitos italianos

Por suerte, hoy en día las fuerzas armadas del mundo civilizado no son lo que sostienen un país. En el pasado, y lamentablemente todavía, esta forma ridícula de imponer la voluntad y los caprichos de los poderosos sobre los indefensos está siendo relegada a la historia, aunque el tacho de basura sería el lugar más adecuado. Y aunque esta forma de poder está siendo depurada hacia los intereses económicos, el hecho de que ya no se manden cientos de miles de personas al campo de batalla por cosas tan estúpidas como diferencias religiosas o un capricho sobre una mujer, ya es un adelanto.
Pero lo que hace que un país funcione es un montón de personas detrás de escena, yendo de acá para allá sin ton ni son para un espectador desinformado. Italia, 2016. Si uno recorre los caminos de esos pueblos que no figuran en las guías turísticas, donde la agricultura es imposible con tractores porque las parcelas son tan chiquitas y el terreno tan escarpado, hay un ejército de viejitos, mujeres y hombres, con manos arrugadas, la vista cansada, una guerra mundial sobrevivida, cocinando para sus hijos y nietos, limpiando, cuidando las plantas, alimentando los gatos, acomodando las flores, sacando la basura y pasando horas charlando con los vecinos de toda la vida. Gente son la espina dorsal de la Italia que todos adoramos y a la soñamos ir, que nunca vio un avión de cerca, y algunos ni siquiera un doctor. Para los cuales Roma queda demasiado lejos y donde los que titiritean sus destinos quieren incrustarse y deleitarse con los frutos del trabajo de otros.
Hay otro ejército, el de los proyectos fallidos de hombres con pelo rapado a los costados y largo en el jopo, con aro en una oreja, barba al mejor estilo Village People, pantalón dos talles demasiado chico, y anteojos de sol espejados de colores chillones. Podrían perder los genitales y no enterarse porque mucho más importantes son los pulgares con los que digitan eternamente en sus celulares. Un libro les es tan extraño como una escoba.
Hay un ejército de mujeres con el teléfono implantado en la oreja, que hablan durante horas de las cosas más banales e inacabables, a las que estar en el asiento del conductor de un vehículo en movimiento no las distrae en lo más mínimo de la conversación.
Y quién puede pasar por alto el ejército de nazis afeminados que son los carabinieri y sus corruptísimos primos frustrados y auto-ensalzados de la Guardia di Finanza, auténtico tumor del desarrollo económico de un país con posibilidades infinitas. El potencial de Italia es evidente sobre todo cuando uno mira las ridiculeces que salen de las escuelas de diseño escandinavas, que si bien en algunos casos son agradables, la realidad es que son apenas un suspiro comparadas con el huracán de estilo y sentido estético de los tanos. Y ni hablar de la cocina, la simplicidad de los ingredientes, la calidad en todo lo que se llevan a la boca, pero sobre todo el amor con que cocinan y el respeto a la comida. Excepto los cornetti, que son una bosta, signori, discúlpenme, pero ustedes no han probado una buena medialuna. Tampoco la pavada.
Hacer promedios es una tarea delicada. Un profesor de estadística una vez nos dio un ejemplo muy bueno: si uno quiere vender pantalones en una ciudad donde la mitad de la gente es muy flaca, y la otra mitad muy gorda, ofrecer un talle intermedio nos garantiza pifiarla olímpicamente. Así que lo que sigue, aunque de buena fe creo que refleja la realidad, hay que tomarlo con pinzas.
El italiano, entonces, es una persona abierta y dispuesta a ayudar, pero que le cuesta seguir las reglas, ya sea por una falta extraordinaria de interés, o la vieja y anárquica falta de confianza en quien las impone, sumado a la incapacidad de la autoridad de controlar su cumplimiento. Hay cosas más importantes en la vida que las reglas, como las relaciones humanas, la buena comida y poder hablar por el bendito celular todo el puto tiempo. El sentido estético está muy desarrollado, se aprecia la simplicidad, y la sexualidad es un trauma mayúsculo: tanto los italianos necesitan hacer alarde de sus proezas como las italianas necesitan ser cortejadas.


Tomando un café en la Piaza del Duomo en Cefalù, charlaba con una de las camareras (que habla cuatro idiomas) y me contaba que toca el piano, tiene tres hijos, y a la mañana enseña ad honorem en una escuela para minusválidos, y desde las 2 de la tarde hasta la medianoche es camarera en el bar donde yo estaba. Esa chica forma parte del último ejército, el de la clase media italiana que se levanta muy temprano y se acuesta hecha polvo muy tarde, que cumple con sus obligaciones y las de algunos otros, que soporta las idas y venidas de los de arriba que no la ven ni como a una hormiga, y que todavía creen que hay un futuro mejor, y que el único camino es construirlo trabajando. Pescadores, almaceneros, horticultores, hoteleros, camareros. Mis respetos a ellos y gracias por haberme hecho sentir como en casa una vez más.

jueves, 13 de octubre de 2016

coágulos que se mueven

Murió alguien a quien quería mucho; un familiar. Hace ya un par de años, en realidad, pero de casualidad encontré una foto de él y me volvieron a la mente cosas, situaciones, sensaciones y sentimientos. Cosas que no debería haber hecho o dicho, cosas que sí debería haber hecho o dicho. Pero dentro de todo, en la gran cajonera que es una relación entre dos seres humanos, esos dos cajoncitos tienen una marca de agua bastante baja.
Hoy estoy solo, a un punto que la depresión asoma, como oliendo la oportunidad de volver a una época de esplendor, donde un día gris era un carnaval comparado a los días malos. Mi trabajo, por un lado, es resistir, pero como nunca fue mi fuerte simplemente sentarme a ver como me pasan por encima, ni siquiera sentarme a ver como intentan pasarme por encima, aunque fallen, tengo la necesidad, la oportunidad y por eso el deber de agarrar el toro por las astas y hacer todo lo posible para equiparme para lidiar con esto de mejor manera, más constructivo. El truco más efectivo para lidiar con la depresión siempre es detectar las señales a tiempo y hacer algo antes de que se aproxime siquiera, pero una vez que está acá, como está acá en este mismo instante, tengo que hacer algo, si no para que se vaya, aunque sea para llevarla mejor. Ya se irá cuando sea el momento.
Hay un par de cosas que en la vida de una persona tienen que funcionar. Ojalá fueran tres, por elegancia, pero en realidad es un número equis que depende de las prioridades de cada uno. Sin embargo, es claro que uno necesita ciertas satisfacciones en la vida, aunque sean chiquitas o insignificantes para otras personas. Pequeños triunfos, soplos de aire fresco, deseos cumplidos. Pueden venir del trabajo, de las relaciones con la familia, con los amigos, o con la sociedad en general. Cuando estas cosas fallan surgen los pasatiempos, las aficiones, con una magnitud que está en función del presupuesto: viajar, pintar, ir al teatro. Algunas de esas cosas son realmente placenteras, pero en mi teoría el disparador que hace falta es la insatisfacción en áreas más elementales de la vida, que son, realmente, las relaciones. Cuando estas no funcionan uno dirige la mirada hacia otras cosas. Busca un amante, algo que le alborote el gallinero, que lo haga sentir vivo. Puede ser destructivo o constructivo. Drogas sería un ejemplo de lo primero, algún tipo de arte lo segundo, con o sin talento.
Lo mío son las fotos. La cámara me permite crear, y crear cosas lindas. Me da prestigio entre mis familiares y amigos, que lo disfruto, no lo niego, pero realmente lo hago por y para mí, porque de veras que admiro la luz y las cosas que hace, y capturarla exitosamente en una foto es como hacerle trampa al universo y sus leyes y congelar el tiempo en ese instante preciso, con esa combinación exacta de botones y rueditas que controlan los ajustes de la cámara. Es haber buscado y encontrado el momento y lugar adecuado para componer una imagen. Cuando uno saca una foto pone en movimiento el conocimiento acumulado por un montón de seres humanos que se devanaron los sesos para poner en nuestras manos ese pedazo de tecnología, ese pincel electrónico, donde capturamos el momento que vimos en nuestra mente a través de nuestros ojos. Clic. Magia. Mirá lo que vi. Alucinante. Y años después podemos revivir el lugar y el momento que anidaron ese instante que retratamos en la foto, y las sensaciones resurgen junto con los recuerdos, y nos acarician viejos sentimientos. Y cuando uno está en mi condición... para todo lo demás existen las tarjetas de crédito.
Ojalá tuviera la confianza que tienen los que ven mis fotos regularmente para dedicarme de lleno al tema y cultivar una profesión, vivir de esto. Como con tantas otras cosas, una buena idea, igual que un talento, necesita ser llevada a la práctica para poder convertirse en rentable. De hecho, ideas mediocres, bien ejecutadas, tienen mucha más rentabilidad que ideas excelentes pero mal implementadas. Ejemplos sobran.
Mis fotos son buenas, lo sé. De hecho, son excelentes, de veras. Tengo ojo, tengo el equipo, tengo las oportunidades. Y las uso. Pero hoy en día mucha gente tiene cámaras y hay combinaciones de botones y ajustes en programas de edición que hacen que las fotos salten a los ojos del que las mira y los impacten, aunque no tengan ningún mérito artístico. Esto desgasta el sentido estético, como el sexo desgasta el hacer el amor con alguien. Además, al margen del optimismo que esos bien intencionados practican cuando me insisten en comercializar lo que hago, la realidad es que un porcentaje ínfimo de nosotros compra imágenes. Pagar por una foto es un sinsentido enorme, y más en estos días de internet, con una disponibilidad tan grande de material gratis. El desafío se vuelve mucho más grande si uno quiere florecer en la maleza, digamos.


Me voy a cenar. Una linda pizza quattro formaggi tiene sus minutos contados.

martes, 4 de octubre de 2016

la vuelta (y van...)

Cada vez que paso por Suiza me surge la misma pregunta: los que envidian a los suizos por su nivel de vida, ¿tienen alguna idea de lo que están hablando? Siempre se usa a Suiza como ejemplo de país del primer mundo, de desarrollo, de país "en serio"; pero la mayoría de los que esgrimen este argumento a lo sumo escucharon hablar de Suiza, quizá leyeron, pero muy pocos estuvieron ahí más que de paso, al mejor cambiando de avión o de tren. Alguna caminata por Zúrich, noche de hotel y el siguiente país en uno de esos famosos visite-16-países-en-10-días que adornan las vidrieras de las agencias de viajes. Y ni hablar de los que tiene experiencia de primera mano viviendo en Suiza, sumergiéndose en su cultura, rozándose con el día a día y en definitiva viendo las dos caras de la moneda. Esto de recomendarla como la panacea suprema, entonces, es como alabar una hamburguesa con queso porque te saca el hambre. A nadie se le ocurriría sugerir siquiera que hay que alimentarse de hamburguesas, pero no estoy seguro de que muchos de esos apologistas realmente tengan idea de lo que están diciendo, o lo que significa vivir en Suiza o, más precisamente, residir ahí mientras uno trata de vivir. Porque una cosa es tener el recibo de la electricidad a tu nombre y con dirección en Suiza (o donde sea), y otra muy diferente es llevar adelante una vida, con todo lo que eso implica: relaciones satisfactorias, que nos hagan crecer, desarrollarnos, que nos apoyen cuando los necesitamos, que nos necesiten, que nos cultiven. Que el vecino sea un prójimo, no un espía enemigo.
Es fácil pensar que porque en un lugar tienen lo que en otro falta, el segundo tiene que aspirar al primero. En Argentina falta el orden, la rectitud, la puntualidad. Estas son cosas que en Suiza sobran. Y no es una metáfora: sobran. Pero eso no quiere decir que debamos volvernos como los suizos. En mi corta experiencia, nadie debería volverse como los suizos. En los tres meses que pasé viviendo y trabajando ahí, extrañé de corazón Alemania, esos simpáticos, bonachones y reconfortantes alemanes con su vocecita dulce y sus maneras alegres y relajadas. El país de la joda, digamos. Del viva la pepa.
En Suiza, a los pichones de bache se los lleva amablemente del brazo hasta el costado de la ruta y se los ejecuta de un tiro en la nuca. La impuntualidad es la lepra. La arquitectura tiene la calidez del nitrógeno líquido. Cualquier cosa que se asome (no ya salirse) de las reglas se guillotina inmediatamente y sin pensarlo. No vaya a ser cosa que sea contagioso.
Y en el centro del centro de todo eso está Saint Moritz: un lugar donde manejar un Mercedes-Benz te hace beneficiario de los programas de ayuda social, un Rolex es vulgar y una habitación de hotel llega a los 35 000 USD la noche. En Múnich, una ciudad cara, un tontería dulce en una buena confitería cuesta 2 euros. ¿En Saint Moritz? 8. ¿Es mejor, tiene mejor gusto, saca más el hambre, es más grande, tiene propiedades curativas del cáncer? No. Es una tontería dulce de una panadería.
Y la pregunta estúpida del millón: ¿los sueldos son acordes? En general, sí, con el consabido beneficio de que la capacidad de ahorro, por muy modesta que sea en términos relativos, implica mucho en términos absolutos. Pero el dinero compra una casa, no un hogar. Compra sexo, no amor. Y hasta compra entretenimiento, pero ni en pedo la felicidad.
Nogracias. Así, todo junto, sin una sombra de duda.
Así, con estas cosas en la cabeza crucé los Alpes, y al final de una mini-maratón llegué a las 7 de la tarde con la moto a Génova, con ese poco de lluvia que empezó apenas media hora antes pero más que suficiente para empaparme soberanamente. Un rato más tarde me embarqué en el transbordador en que voy a pasar casi un día de mi vida. Ahora mismo estoy, de hecho, navegando entre Roma y Córsica, esperando que las siguientes 8 horas y media se pasen como pedo hasta que amarremos en Palermo y pueda pisar de nuevo Sicilia. Cefalù, con todos sus defectos y carencias, me espera con los brazos abiertos. Y el sentimiento es mutuo.