viernes, 25 de noviembre de 2016

la realidad

Estoy enfermo, con dolor de garganta, dificultad para tragar, malestar general, you name it. Y no es para menos. Llegué a casa hace 10 días y no he hecho más que pasar frío. Me había olvidado que incluso en noviembre Mar del Plata puede ser bastante fresquita. Y para colmo, la realidad...
Repasando: no tengo trabajo (por ahora por elección... todavía) ni sé muy bien lo que quiero hacer o lo que puedo. Económicamente es difícil empezar un emprendimiento propio, y sin tener una idea concreta, una dirección, un talento vendible, capital inicial y, por supuesto, el mercado apropiado al alcance, comenzar algo es más que difícil: es poco inteligente. Y mientras algún millonario no me adopte, no tengo margen de error.
Emocionalmente soy un desastre, no hay otra forma de expresarlo. Estadísticamente hablando tengo la mitad de mi vida recorrida, y si bien tuve mis momentos, el hecho es que también la pasé muy mal y me salteé esa edad en que, lo admitamos o no, son la suerte y la inexperiencia las que se encargan de que se formen muchas más parejas de las que deberían. Soy una persona muy romántica, y mirando el presente veo que lamentablemente no estoy enamorado de mi novia, ni siquiera siento que la atraigo; no porque no sea así, sino porque está tan cohibida que no puede darse el permiso de demostrármelo cuando se le da la gana, y ni sabría como. El por qué lo conozco (su madre) pero no me resuelve un bledo. El hecho es que me falta romance en mi relación. Cortarla y buscar pastos más verdes en otro lado siempre es posible, pero tengo problemas graves y concretos en este campo: me cuesta confiar en alguien, y no es ninguna revelación decir que mientras más central es el rol que cubre una persona en mi vida, más cuidadoso me pongo para elegirla. Y Novia la recontra arruinó al principio, al medio apenas si aflojó, y ahora estoy tambaleando en mi determinación de intentar un futuro con ella.
Para no ser tan aburrido y complicarla un poco más, soy (ya sé: hoy estoy hablando mucho de mí) un hombre con un sentido estético muy marcado y quiero una mujer con una cierta belleza externa. No creo que busque una modelo ni nada por el estilo. De hecho, de pensarlo siento un poco de rechazo. Pero sí busco a alguien que tenga algo que me deslumbre, que me embobe, que haga que mi estómago se dé vuelta y mi corazón se saltee un latido, igual que cuando miro una Ducati o una foto de Fan Ho. Mucho tiempo me sentí culpable por esto, superficial, inmaduro, pero es lo que mi sistema necesita y punto. Y físicamente tiene que atraerme; no soportaría alguien que se descuide, ni un cuerpo que no guarde cierta armonía y elegancia. Hasta acá ya veté a casi todas las féminas existentes, pero recién ahora empieza lo difícil. Busco una mujer decente (modesta, honesta, buena persona, leal), inteligente y con carácter. En definitiva, un compendio de algo así como lo que expresaron los griegos: lo verdadero, lo bueno y lo bello. Desde que tengo uso de razón admiré esas cualidades en una persona, y desde que tengo hormonas y me di cuenta de que me gustaban las mujeres que voy en busca de la combinación. Una cosa llevó a la otra. Pero a mi edad las posibilidades se van haciendo muy, muy escasas. O sea, me voy a morir paseando a mi collie fronterizo. No es chiste. El tiempo no se detiene.


Nunca faltan esos pobres idiotas que salen con un retruco y me apuntan con el dedo preguntándome qué es lo que yo tengo para ofrecer; me dan ganas de romperles el dedito, por predecibles. Simplemente sucede que desde siempre cultivé esas cualidades (exitosamente o no, soy el primero en admitirlo). Pero fui todavía más allá. Cuando vi las cosas que tenían que tolerar las mujeres si querían encontrar a alguien, observé con cuidado y cultivé en mí no solamente a un buen hombre, sino también a una buena persona. Escuché una vez una discusión sobre lo que era la distinción entre un hombre simpático y uno bueno, y coincidía muy bien con mi propia filosofía; algo así como la distinción entre Ley y Justicia. En caso de duda, siempre optar por lo segundo, en ambos temas.

viernes, 18 de noviembre de 2016

feliz cumple

Ayer cumplí años y me escribió un amigo de esos que uno puede no ver por dos años y al reencontrarse todo sigue como si no hubiera pasado un día. Me preguntó cómo estaba y cómo anda mi cabeza y mi corazón. Me pareció que lo que le escribí, con esa claridad y serenidad que las 6 de la mañana ofrecen; gracias al desfase horario, dado que llegué a Argentina hace un día y medio. Esto es entonces lo que le contaba...

hola Amigo,
sí, sí, 24, justo. Más o menos. Sumale 19.
En este momento estoy en casa, aterricé el miércoles a la mañana. Vine por un par de meses, hasta fin de enero. Desde principios de mes Novia se mudó a su país para establecerse y empezar a ir un par de veces por semana a donde va a trabajar a tiempo completo desde principio de enero. Yo voy a tratar de tomar una decisión, pero no estoy seguro de lograrlo. Cuando te veo a vos tan establecido, me da mucha envidia. De la sana, obvio. No sé si tenés esa expresión en México, envidia sana, esa que te alegrás por la otra persona pero desearías lo mismo para vos mismo. Ya sé que el pasto tiende a parecer más verde del otro lado, y seguro vos tenés tus fantasmas, pero al menos en el papel se te ve bien, exitoso en tu trabajo y has encontrado pareja y has empezado una familia. Obviamente la clave de todo eso sos vos, y cómo lidiás con la vida.
Yo, mientras tanto, cargo con mi cabeza y suficientes fantasmas como para hacer que el hombre de la bolsa se cague de miedo. Pero en serio, no tengo muy en claro para dónde agarrar. Amigo2 hace unas semanas me escribía que no es obligación saber para dónde agarrar, que no debo tener todas las respuestas y que me tome todo el tiempo que necesite. Tiene razón, pero mientras tanto el tiempo pasa y yo te juro que me encantaría encontrar una pareja. En este instante, con toda sinceridad, me es claro que si me quedo con Novia estoy resignándome. Lo cual de por sí, a pesar de ser una tragedia, no significa que sea malo. A veces es lo que hay que hacer, es la decisión más inteligente. Pero por una vez me gustaría encontrar una compañera que atraiga a mi corazón y a mi mente. ExesexNovia: extraordinariamente linda, más o menos inteligente, pero puta. ExexNovia: hermosa, inteligente, pero mala persona. ExNovia: linda y estúpida. Novia: no tan linda, inteligente, pero me trató como un saco de boxeo y las heridas de ese calibre no se evaporan así nomás.
Y acá estoy, en un país que ya no es el mío en el grado en que lo era antes. Aprendí demasiado para mi propio bien y los problemas que hay, el 90% de los cuales se resolverían sin más costo que el político y están ahí al alcance de los dedos, me entristecen.
Veremos cómo sigue. Una opción es vender mi departamento en Adolflandia y vagar por el mundo un poco más, pero no me gustaría hacerlo por falta de otras opciones, sino porque eso es lo que quiero, y la verdad que no lo es. Me gustaría volver a tener un trabajo y una estructura, pero más que nada en el mundo me gustaría encontrar amor en una mujer que me guste mental, espiritual y físicamente, y la experiencia hasta ahora me dice que es una utopía y que debería resignarme.
Abrazo,
yo

domingo, 6 de noviembre de 2016

el momento decisivo

Henri Cartier-Bresson es, para mi gusto, el fotógrafo. Si bien el tipo se concentró en fotografía callejera, esa de capturar imágenes de momentos espontáneos en lugares públicos, el hecho de que basó su carrera en una cámara (una Leica) y un objetivo (el más común, de 50 mm) es lo segundo de él que más admiro. Lo primero es el encuadre y la composición. Es interesante recordar que en aquel 1931 en que él compró su primera cámara la empresa Leica, hoy sinónimo de aparatos que hacen honor a los mejores valores alemanes en fabricación de dispositivos mecánicos, había empezado a producir cámaras de forma experimental apenas 6 años antes simplemente para probar los objetivos que producían. Era, digamos, desconocida.
Si hay algo que valoro es la sinceridad, y ya el hecho de que HCB viviera antes de los programas de retoque de fotos ya le da un mérito. Pero hay algo que ningún programa (todavía) puede hacer, y eso es cambiar el encuadre. Lo que me impresiona de este fotógrafo es la composición que él tenía: no solamente era es alucinante, sino que el sentido de la oportunidad que ejercitaba era increíble. Como creador de la street photography, el sentido estético que poseía (murió en 2004, aunque dejó de fotografiar en 1975) era fenomenal. En sus fotos nada sobra, nada falta, y todo tiene su lugar y su función. Son son una genial apelación de humanidad.


Cada vez que miro el trabajo de este genio me doy cuenta que debería pasar más tiempo detrás de la cámara y menos delante del monitor. No es que haga ridiculeces con las fotos en la computadora, pero definitivamente podría pasar más tiempo simplemente caminando por ahí con algún teleobjetivo y tratar de retratar gente. Lo del gran angular no me da, soy demasiado tímido y no puedo evitar un cierto sentimiento de culpa: un efecto predecible de residir en la tierra de la paranoia.
Me acuerdo muy bien que cuando empecé a sacar fotos (a los 4 años, y a los 10 ya había leído el Manual de Fotografía de Kodak) quería lograr esto de fotografiar momentos decisivos. No sé si vi fotos de él que me inspiraron o simplemente de otros fotógrafos que de vez en cuando lograban algo del efecto que él tan bien sabía conseguir, pero el hecho es que con los años, si bien mejoré tanto técnica como artísticamente, empecé a distanciarme de esa fotografía y a concentrarme más en la luz, los cual es indiscutiblemente esencial, los colores (él siempre fotografió en blanco y negro y de hecho desdeñaba el potencial artístico del color en las fotos), en los patrones y en los motivos, pero el encuadre y la composición como que los abandoné, casi por resignación. No es tarde, y los voy a desenterrar y tatuármelos en el dedo con que disparo la cámara.
Otra cosa que tengo que hacer es vencer mis miedos y largarme a fotografiar gente, personas, seres humanos. Claro, para eso tendría que mudarme a un lugar donde los haya, pero estoy en eso. Por lo pronto creo haber alcanzado un poco de nivel técnico como para animarme a expresar algo de lo que veo del mundo. Quizás las personas no sean el elemento principal, pero sus obras lo son. Como esta foto que saqué en Venezia, que no deja de enorgullecerme.


Tengo otras de esta ciudad mágica, muy lindas también, pero esta es la que siempre me impresiona. Tengo una versión en B&N que le estoy sacando punta, a ver si en el algún momento me animo a imprimirla y colgarla en alguna pared.

viernes, 4 de noviembre de 2016

los ejércitos italianos

Por suerte, hoy en día las fuerzas armadas del mundo civilizado no son lo que sostienen un país. En el pasado, y lamentablemente todavía, esta forma ridícula de imponer la voluntad y los caprichos de los poderosos sobre los indefensos está siendo relegada a la historia, aunque el tacho de basura sería el lugar más adecuado. Y aunque esta forma de poder está siendo depurada hacia los intereses económicos, el hecho de que ya no se manden cientos de miles de personas al campo de batalla por cosas tan estúpidas como diferencias religiosas o un capricho sobre una mujer, ya es un adelanto.
Pero lo que hace que un país funcione es un montón de personas detrás de escena, yendo de acá para allá sin ton ni son para un espectador desinformado. Italia, 2016. Si uno recorre los caminos de esos pueblos que no figuran en las guías turísticas, donde la agricultura es imposible con tractores porque las parcelas son tan chiquitas y el terreno tan escarpado, hay un ejército de viejitos, mujeres y hombres, con manos arrugadas, la vista cansada, una guerra mundial sobrevivida, cocinando para sus hijos y nietos, limpiando, cuidando las plantas, alimentando los gatos, acomodando las flores, sacando la basura y pasando horas charlando con los vecinos de toda la vida. Gente son la espina dorsal de la Italia que todos adoramos y a la soñamos ir, que nunca vio un avión de cerca, y algunos ni siquiera un doctor. Para los cuales Roma queda demasiado lejos y donde los que titiritean sus destinos quieren incrustarse y deleitarse con los frutos del trabajo de otros.
Hay otro ejército, el de los proyectos fallidos de hombres con pelo rapado a los costados y largo en el jopo, con aro en una oreja, barba al mejor estilo Village People, pantalón dos talles demasiado chico, y anteojos de sol espejados de colores chillones. Podrían perder los genitales y no enterarse porque mucho más importantes son los pulgares con los que digitan eternamente en sus celulares. Un libro les es tan extraño como una escoba.
Hay un ejército de mujeres con el teléfono implantado en la oreja, que hablan durante horas de las cosas más banales e inacabables, a las que estar en el asiento del conductor de un vehículo en movimiento no las distrae en lo más mínimo de la conversación.
Y quién puede pasar por alto el ejército de nazis afeminados que son los carabinieri y sus corruptísimos primos frustrados y auto-ensalzados de la Guardia di Finanza, auténtico tumor del desarrollo económico de un país con posibilidades infinitas. El potencial de Italia es evidente sobre todo cuando uno mira las ridiculeces que salen de las escuelas de diseño escandinavas, que si bien en algunos casos son agradables, la realidad es que son apenas un suspiro comparadas con el huracán de estilo y sentido estético de los tanos. Y ni hablar de la cocina, la simplicidad de los ingredientes, la calidad en todo lo que se llevan a la boca, pero sobre todo el amor con que cocinan y el respeto a la comida. Excepto los cornetti, que son una bosta, signori, discúlpenme, pero ustedes no han probado una buena medialuna. Tampoco la pavada.
Hacer promedios es una tarea delicada. Un profesor de estadística una vez nos dio un ejemplo muy bueno: si uno quiere vender pantalones en una ciudad donde la mitad de la gente es muy flaca, y la otra mitad muy gorda, ofrecer un talle intermedio nos garantiza pifiarla olímpicamente. Así que lo que sigue, aunque de buena fe creo que refleja la realidad, hay que tomarlo con pinzas.
El italiano, entonces, es una persona abierta y dispuesta a ayudar, pero que le cuesta seguir las reglas, ya sea por una falta extraordinaria de interés, o la vieja y anárquica falta de confianza en quien las impone, sumado a la incapacidad de la autoridad de controlar su cumplimiento. Hay cosas más importantes en la vida que las reglas, como las relaciones humanas, la buena comida y poder hablar por el bendito celular todo el puto tiempo. El sentido estético está muy desarrollado, se aprecia la simplicidad, y la sexualidad es un trauma mayúsculo: tanto los italianos necesitan hacer alarde de sus proezas como las italianas necesitan ser cortejadas.


Tomando un café en la Piaza del Duomo en Cefalù, charlaba con una de las camareras (que habla cuatro idiomas) y me contaba que toca el piano, tiene tres hijos, y a la mañana enseña ad honorem en una escuela para minusválidos, y desde las 2 de la tarde hasta la medianoche es camarera en el bar donde yo estaba. Esa chica forma parte del último ejército, el de la clase media italiana que se levanta muy temprano y se acuesta hecha polvo muy tarde, que cumple con sus obligaciones y las de algunos otros, que soporta las idas y venidas de los de arriba que no la ven ni como a una hormiga, y que todavía creen que hay un futuro mejor, y que el único camino es construirlo trabajando. Pescadores, almaceneros, horticultores, hoteleros, camareros. Mis respetos a ellos y gracias por haberme hecho sentir como en casa una vez más.

jueves, 13 de octubre de 2016

coágulos que se mueven

Murió alguien a quien quería mucho; un familiar. Hace ya un par de años, en realidad, pero de casualidad encontré una foto de él y me volvieron a la mente cosas, situaciones, sensaciones y sentimientos. Cosas que no debería haber hecho o dicho, cosas que sí debería haber hecho o dicho. Pero dentro de todo, en la gran cajonera que es una relación entre dos seres humanos, esos dos cajoncitos tienen una marca de agua bastante baja.
Hoy estoy solo, a un punto que la depresión asoma, como oliendo la oportunidad de volver a una época de esplendor, donde un día gris era un carnaval comparado a los días malos. Mi trabajo, por un lado, es resistir, pero como nunca fue mi fuerte simplemente sentarme a ver como me pasan por encima, ni siquiera sentarme a ver como intentan pasarme por encima, aunque fallen, tengo la necesidad, la oportunidad y por eso el deber de agarrar el toro por las astas y hacer todo lo posible para equiparme para lidiar con esto de mejor manera, más constructivo. El truco más efectivo para lidiar con la depresión siempre es detectar las señales a tiempo y hacer algo antes de que se aproxime siquiera, pero una vez que está acá, como está acá en este mismo instante, tengo que hacer algo, si no para que se vaya, aunque sea para llevarla mejor. Ya se irá cuando sea el momento.
Hay un par de cosas que en la vida de una persona tienen que funcionar. Ojalá fueran tres, por elegancia, pero en realidad es un número equis que depende de las prioridades de cada uno. Sin embargo, es claro que uno necesita ciertas satisfacciones en la vida, aunque sean chiquitas o insignificantes para otras personas. Pequeños triunfos, soplos de aire fresco, deseos cumplidos. Pueden venir del trabajo, de las relaciones con la familia, con los amigos, o con la sociedad en general. Cuando estas cosas fallan surgen los pasatiempos, las aficiones, con una magnitud que está en función del presupuesto: viajar, pintar, ir al teatro. Algunas de esas cosas son realmente placenteras, pero en mi teoría el disparador que hace falta es la insatisfacción en áreas más elementales de la vida, que son, realmente, las relaciones. Cuando estas no funcionan uno dirige la mirada hacia otras cosas. Busca un amante, algo que le alborote el gallinero, que lo haga sentir vivo. Puede ser destructivo o constructivo. Drogas sería un ejemplo de lo primero, algún tipo de arte lo segundo, con o sin talento.
Lo mío son las fotos. La cámara me permite crear, y crear cosas lindas. Me da prestigio entre mis familiares y amigos, que lo disfruto, no lo niego, pero realmente lo hago por y para mí, porque de veras que admiro la luz y las cosas que hace, y capturarla exitosamente en una foto es como hacerle trampa al universo y sus leyes y congelar el tiempo en ese instante preciso, con esa combinación exacta de botones y rueditas que controlan los ajustes de la cámara. Es haber buscado y encontrado el momento y lugar adecuado para componer una imagen. Cuando uno saca una foto pone en movimiento el conocimiento acumulado por un montón de seres humanos que se devanaron los sesos para poner en nuestras manos ese pedazo de tecnología, ese pincel electrónico, donde capturamos el momento que vimos en nuestra mente a través de nuestros ojos. Clic. Magia. Mirá lo que vi. Alucinante. Y años después podemos revivir el lugar y el momento que anidaron ese instante que retratamos en la foto, y las sensaciones resurgen junto con los recuerdos, y nos acarician viejos sentimientos. Y cuando uno está en mi condición... para todo lo demás existen las tarjetas de crédito.
Ojalá tuviera la confianza que tienen los que ven mis fotos regularmente para dedicarme de lleno al tema y cultivar una profesión, vivir de esto. Como con tantas otras cosas, una buena idea, igual que un talento, necesita ser llevada a la práctica para poder convertirse en rentable. De hecho, ideas mediocres, bien ejecutadas, tienen mucha más rentabilidad que ideas excelentes pero mal implementadas. Ejemplos sobran.
Mis fotos son buenas, lo sé. De hecho, son excelentes, de veras. Tengo ojo, tengo el equipo, tengo las oportunidades. Y las uso. Pero hoy en día mucha gente tiene cámaras y hay combinaciones de botones y ajustes en programas de edición que hacen que las fotos salten a los ojos del que las mira y los impacten, aunque no tengan ningún mérito artístico. Esto desgasta el sentido estético, como el sexo desgasta el hacer el amor con alguien. Además, al margen del optimismo que esos bien intencionados practican cuando me insisten en comercializar lo que hago, la realidad es que un porcentaje ínfimo de nosotros compra imágenes. Pagar por una foto es un sinsentido enorme, y más en estos días de internet, con una disponibilidad tan grande de material gratis. El desafío se vuelve mucho más grande si uno quiere florecer en la maleza, digamos.


Me voy a cenar. Una linda pizza quattro formaggi tiene sus minutos contados.

martes, 4 de octubre de 2016

la vuelta (y van...)

Cada vez que paso por Suiza me surge la misma pregunta: los que envidian a los suizos por su nivel de vida, ¿tienen alguna idea de lo que están hablando? Siempre se usa a Suiza como ejemplo de país del primer mundo, de desarrollo, de país "en serio"; pero la mayoría de los que esgrimen este argumento a lo sumo escucharon hablar de Suiza, quizá leyeron, pero muy pocos estuvieron ahí más que de paso, al mejor cambiando de avión o de tren. Alguna caminata por Zúrich, noche de hotel y el siguiente país en uno de esos famosos visite-16-países-en-10-días que adornan las vidrieras de las agencias de viajes. Y ni hablar de los que tiene experiencia de primera mano viviendo en Suiza, sumergiéndose en su cultura, rozándose con el día a día y en definitiva viendo las dos caras de la moneda. Esto de recomendarla como la panacea suprema, entonces, es como alabar una hamburguesa con queso porque te saca el hambre. A nadie se le ocurriría sugerir siquiera que hay que alimentarse de hamburguesas, pero no estoy seguro de que muchos de esos apologistas realmente tengan idea de lo que están diciendo, o lo que significa vivir en Suiza o, más precisamente, residir ahí mientras uno trata de vivir. Porque una cosa es tener el recibo de la electricidad a tu nombre y con dirección en Suiza (o donde sea), y otra muy diferente es llevar adelante una vida, con todo lo que eso implica: relaciones satisfactorias, que nos hagan crecer, desarrollarnos, que nos apoyen cuando los necesitamos, que nos necesiten, que nos cultiven. Que el vecino sea un prójimo, no un espía enemigo.
Es fácil pensar que porque en un lugar tienen lo que en otro falta, el segundo tiene que aspirar al primero. En Argentina falta el orden, la rectitud, la puntualidad. Estas son cosas que en Suiza sobran. Y no es una metáfora: sobran. Pero eso no quiere decir que debamos volvernos como los suizos. En mi corta experiencia, nadie debería volverse como los suizos. En los tres meses que pasé viviendo y trabajando ahí, extrañé de corazón Alemania, esos simpáticos, bonachones y reconfortantes alemanes con su vocecita dulce y sus maneras alegres y relajadas. El país de la joda, digamos. Del viva la pepa.
En Suiza, a los pichones de bache se los lleva amablemente del brazo hasta el costado de la ruta y se los ejecuta de un tiro en la nuca. La impuntualidad es la lepra. La arquitectura tiene la calidez del nitrógeno líquido. Cualquier cosa que se asome (no ya salirse) de las reglas se guillotina inmediatamente y sin pensarlo. No vaya a ser cosa que sea contagioso.
Y en el centro del centro de todo eso está Saint Moritz: un lugar donde manejar un Mercedes-Benz te hace beneficiario de los programas de ayuda social, un Rolex es vulgar y una habitación de hotel llega a los 35 000 USD la noche. En Múnich, una ciudad cara, un tontería dulce en una buena confitería cuesta 2 euros. ¿En Saint Moritz? 8. ¿Es mejor, tiene mejor gusto, saca más el hambre, es más grande, tiene propiedades curativas del cáncer? No. Es una tontería dulce de una panadería.
Y la pregunta estúpida del millón: ¿los sueldos son acordes? En general, sí, con el consabido beneficio de que la capacidad de ahorro, por muy modesta que sea en términos relativos, implica mucho en términos absolutos. Pero el dinero compra una casa, no un hogar. Compra sexo, no amor. Y hasta compra entretenimiento, pero ni en pedo la felicidad.
Nogracias. Así, todo junto, sin una sombra de duda.
Así, con estas cosas en la cabeza crucé los Alpes, y al final de una mini-maratón llegué a las 7 de la tarde con la moto a Génova, con ese poco de lluvia que empezó apenas media hora antes pero más que suficiente para empaparme soberanamente. Un rato más tarde me embarqué en el transbordador en que voy a pasar casi un día de mi vida. Ahora mismo estoy, de hecho, navegando entre Roma y Córsica, esperando que las siguientes 8 horas y media se pasen como pedo hasta que amarremos en Palermo y pueda pisar de nuevo Sicilia. Cefalù, con todos sus defectos y carencias, me espera con los brazos abiertos. Y el sentimiento es mutuo.

martes, 13 de septiembre de 2016

soledad

La semana pasada pensaba en la soledad. Por un lado, si uno la necesita es la mejor bendición, el más placentero de los placeres. Por otro, si lo que uno necesita es compañía, la soledad es espantosa. Corroe el alma y nos tienta a tomar decisiones estúpidas, a bajar nuestras normas, a ignorar nuestras necesidades y aceptar mediocridad; todo con la esperanza de que después va a mejorar, pero con la necesidad visceral de llenar el vacío que nos come por dentro.
La soledad tiene muchas ventajas. La libertad es la primera. Ir y venir sin dar explicaciones. Comprar y vender, acostarse y levantarse. No hace falta estirar la prosa con esto.
Lo segundo que sucede al estar solo es que permite a uno el diálogo con sí mismo. Es condición necesaria, aunque no suficiente. Hoy en día es más fácil que nunca entretenerse con estupideces, llenar el día en lugar de llenar la vida; desde los pajaritos enojados, pasando por feisbuc, hasta la pornografía o incluso peor, pero que en definitiva nos son más que versiones modernas de juntar estampillas. En inglés se dice hobby a lo que en castellano traducimos indistintamente como afición o pasatiempo pero que son dos cosas muy diferentes: lo primero es hacer lo que a uno le gusta, es buscarse el tiempo para dedicárselo a una actividad que nos satisface; lo segundo es un crimen horrible, porque consiste en derrochar lo más preciado que tenemos y para lo cual no hay extensiones, devoluciones ni garantías en caso de falla. Sentarse entonces a escucharse a uno mismo, a darse espacio a sus propios sentimientos, a cultivar la introspección... es más importante todavía que leer un buen libro. Y esto nos lleva a agarrar la vida por las astas y hacer caso a esa canción de Eladia Blázquez que nos dice lo que es Honrar la vida, mejor cantada por Marilina Ross.
Crecer como ser humano implica ineludiblemente avanzar en el aspecto interno, y los desafíos que se producen cuando uno no tiene más remedio que arreglárselas solo son invalorables. El orgullo que nace de un "lo logré" es un orgullo sano y honesto, no vano. El descubrirse capaz de resolver una situación con las herramientas que uno posee es una satisfacción enorme, y disfrutar eso en silencio e introspección es muy válido.
Lo último que se me hace importante mencionar es algo a lo que yo personalmente soy muy sensible, que es la capacidad de concentración y foco que permite el estar solo. Soy una persona que se toma la compañía muy seriamente y la incluyo en mis decisiones, y la soledad me permite analizar las situaciones en forma más fría y personal, y decidir en consecuencia, sin ataduras que me impongo a mí mismo. Tantas veces uno quiere una cosa pero debe hacer otra, y toma decisiones de compromiso que no dejan contento ni a uno ni a otro. La soledad, en esos momentos, nos permite hacer cosas que de otra manera significarían pasar por algo las necesidades de aquellos que están cerca, o satisfacer deseos que irían contra los de otro.


Estas ventajas tan grandes que ofrece la soledad pueden ser justamente las peores desventajas. Cuando ser libre depende de estar solo, equivale a que en caso de tomar una decisión equivocada no hay ni a quién echarle un poco de la culpa, ni a quién pedirle ayuda por su responsabilidad. Y sin embargo, en mi experiencia esto no es lo peor ni de cerca. Cuando estaba en la facultad en Buenos Aires y me enteraba que reboté en algún examen, o cuando fui al médico alguna vez sabiendo que algo andaba mal en mí ya mientras estaba sentado en la sala de espera, o cuando salía con la mala noticia, si bien me faltaba alguien, no me dolía mucho no tener una persona con quién charlarlo. Pero cuando me sacaba un 10 o me daban un aumento en el trabajo o cosas así, ahí era cuando sufría el no poder decírselo a nadie inmediatamente, festejar, recibir una palmadita o (y acá reside la clave de muchos de mis pedos mentales) mostrar que no soy tan defectuoso. (Siguiendo con el paréntesis, creo que el sentimiento negativo generado por la mala noticia se compensaba un poco por el alivio de que nadie estaba ahí para ver lo defectuoso que soy. Pero volviendo al tema...) Una vez leí que las tristezas compartidas son la mitad de tristes, y las alegrías compartidas se hacen el doble. A mí en lo personal, no tener con quién compartir una alegría siempre me pegó, por el motivo que sea.
En cuanto al diálogo, es muy lindo pero todos sabemos a dónde lleva el darse manija solo sin alguien más objetivo, o por lo menos con otra opinión, contra quien cotejar nuestras teorías de que el vecino nos la tiene jurada, que la cajera del banco está caliente con uno o que no sirvo para nada. La mente tiene piedra libre para llevarnos por donde se le cante al coro de locuras acumuladas y mala suerte. La realidad existe en tanto y en cuanto seamos capaces de verla. Y nadie es 100% objetivo.
El tema de la inspiración es algo que se relaciona con uno de los fetiches más entronados de la sociedad moderna: el trabajo en equipo. Y sin ponerme a criticarlo junto con las estadísticas y otras cuestiones que en lugar de complementar al sentido común lo han reemplazado, tener con quién compartir un trabajo y resolverlo en grupo es muy constructivo, y nos provee de habilidades perdón, soft skills, que nos sirven para todo. Además, ¿cuántas veces nos trabamos en algo y de tanto concentrarnos en eso nos empantanamos? Esto de resolver un trabajo en el contexto de un grupo nos ayuda a desarrollar la capacidad de ver el árbol y el bosque al mismo tiempo y de concentrarnos en nuestra parte sin dejarnos asustar por el tamaño del problema, sabiendo que otros se están ocupando de otras partes. También nos enseña a entregar los resultados en tiempo y forma. Esto introduce naturalmente y no tanto por indoctrinación, la importancia de la puntualidad, de aceptar las responsabilidades y de asumir nuestra parte del esfuerzo en cooperación y coordinación con otros.
El cuco de la soledad tiene muchas formas, y confundirlas con estar solo por no estar con alguien, o pensar que por estar con alguien uno no está solo, nos llevan a tomar decisiones equivocadas.
Y en eso estoy: sigo a Novia y me aseguro mi futuro, o me suelto y arriesgo terminar charlando con un Border Collie.

jueves, 18 de agosto de 2016

relaciones

Existe una enorme diferencia entre fracasar en un intento y fracasar por no intentar. O algo así escribió Francis Bacon allá por el siglo XVI. O sea, que el fracaso te encuentre ocupado y no tirado en la cama si ya son las 11 de la mañana. El miedo es el peor consejero. Vivir la vida en un macetero en un lindo departamento, en lugar de un bosque donde llueve, hay viento, insectos y pájaros es la manera infalible de despertarse un día, cuando los hijos ya no llaman tan seguido, y preguntarse para qué joraca uno se comió todos esos años esperando que se hicieran las 5 y poder fichar para irse a su casa.
La vida no viene con manual de instrucciones; no, no es la biblia ni ninguno de esos libros pedorros escritos por gente primitiva, ignorante y supersticiosa; libros con menos crédito que sagas del tipo El Señor de los Anillos o Batman. Si hay libros a los que uno puede recurrir, esos son los de gente que ha pasado dificultades, las ha superado, y las ha documentado. Con más o menos talento, prosa, poesía, fama y detalle. La regla de oro, no hagas a los demás no que no te gusta que te hagan, es la base moral que llevamos incrustada desde mucho antes de la invención del papiro y el resto lo vemos. Excepto algunos imbéciles que piensan que esas escrituras toman precedencia al principio natural de no hacer daño a otro ser humano, el resto de nosotros nos entristecemos al ver que otra persona sufre.
Los últimos días no han sido precisamente relajados. Novia, como cualquier mujer, tiene arranques paranoicos. Distinguir entre la realidad y lo que ella interpreta de la realidad es un desafío de por sí, y a las mujeres les resulta más difícil que a los hombres no dejar sus miedos guiar sus trenes de pensamiento y, en definitiva, la interacción con la realidad. Esto, para los que están alrededor, es un desgaste innecesario de la relación. De mi parte, la solución es cortar con ella, pero ella se lleva el problema bien abrazado contra el pecho, y la aprecio demasiado para dejar que se haga eso a sí misma. Así que estoy gastando un poco más de mi tiempo en ayudarla antes de dejarla seguir su camino con una palmada en la cola y mis mejores deseos, y yo seguiré el mío.
Para quien se pregunte de qué mocos estoy hablando, he aquí la anécdota. Ni la primera, ni la peor. Resulta que estuve enfermo toda la semana sin poder hablar. Ni una palabra dije desde el martes a la tarde hasta el viernes al mediodía. Y sin embargo, jueves a la tarde tuvimos una discusión. O mejor dicho, ella tuvo una discusión. Formuló preguntas y propuso respuestas. Eso en sí no tiene demasiado de malo. Bastante, pero de por sí no es grave si uno considera mi situación de mudo aficionado. El asunto se puso interesante por el calibre de las estupideces que preguntó, pero que parecían serias comparadas a las mega-estupideces que se contestó en mi nombre. Esto ya de por sí desafía la paciencia del más pintado, si no fuera porque entonces volvió a su rol de formular preguntas y asumió que su respuesta era mía, y de ahí disparó. Esto lo hizo 3 ó 4 veces. Algo así como Kennedy y Kruschev con los misiles en Cuba, pero monólogo. Todo con una stracciatella de recriminaciones por cosas que pasaron hace 6 meses y se guardó por insegura, y en las que no puedo dejar de recalcar que mi única falta fue estar ahí o apenas pasar por la esquina. No le metí los cuernos, ni la desprecié, ni ninguna otra cosa. Simplemente tuve un dolor de cabeza que se me partía en algún momento en que ella requería mi atención. Cosas así.
Por factores que se combinan y además de sumarse se potencian, me cuesta terminar una relación. Lo primero que me detiene es el rechazo que me provoca herir a otra persona. Pero le siguen la sensación de fracaso, el miedo a la soledad, el convencimiento de ser defectuoso e indigno de amor, la situación del "mercado" (mi edad, el lugar donde estoy, la estupidez generalizada), mis aspiraciones de la vida... no es fácil encontrar una compañera. No, no es nada fácil. Y eso me hace aceptar condiciones y bajar la cabeza, buscar la forma, seguir intentándolo... a pesar de estar insatisfecho. Tomar y ejecutar la decisión de permanecer fiel a mí mismo y atender a mis necesidades, sin egoísmo, pero con mí mismo como prioridad, requiere también perder aquello que por lo menos nos acompaña. Cuando Novia no está ocupada delirando, es de hecho una compañera muy agradable. Con sus fallas, no peores que las mías, representa una buena combinación de virtudes que aprecio y valoro. Pero hay áreas en las que se queda corta y estoy descubriendo que no las puedo negociar. No puedo decir "sí, pero tiene esto otro", porque son condiciones sine qua non, lo cual plantea la pregunta de cuánto puedo sacrificar antes de bajar de felicidad a conformismo y, eventualmente, a peor es nada.
Eventualmente, me dijo un amigo, las cosas se resuelven de la manera que deben hacerlo. Si una relación no es, es porque no tenía que ser. Y eso, tengo que admitir, es un consuelo. Ahora, me encantaría encontrar la puta relación que sí tenga que ser.

miércoles, 10 de agosto de 2016

anticuerpos

sip, toy enfermo. De la garganta. No iba a ser de los ovarios.
Lo mío es el estrés, que le dicen, anglicismo que se refiere a sobrecargar la máquina, en particular la cabezota. Hace cosa de dos semanas por fin di el paso y compré las luces auxiliares para la moto, que tanto hacen falta para ser visto más que para ver. De diodos, obviamente. Llaman la atención pero no molestan sobremanera. Pero eso, que ya de por sí no fue fácil, fue nada más que el principio. Después hay que fijar los proyectores a algún punto, que en una moto como esta no es fácil porque está carenada. Al final me decidí por algún lugar cerca de la rueda delantera, cosa de que estén separados del faro principal y formen una silueta fuera de lo convencional cuando se ve la moto de frente. El tema era que no quería fijarlas a la rueda misma y que vibraran y se sacudieran, sino a la parte superior, la que va solidaria al resto del cuadro. La masa suspendida, que le dicen los ingenieros. Y eso no fue tampoco fácil, ni mucho menos barato. Pero no bastó. Después de lograr poner todas las piezas juntas, los faros quedaban parcialmente tapados por los deflectores del guardabarros delantero, así que hizo falta unas extensiones. Y todavía no hice nada en lo referente a lo eléctrico, que para mí es cosa de Harry Potter.
Todo esto se vino a combinar con decisiones en el ámbito personal, laboral, de pareja y, finalmente, psicológico. ¿Qué cazzo quiero hacer de mi vida? ¿me mudo a Luxemburgo, me quedo donde estoy, o me voy a algún otro lado? ¿vendo mi departamento o lo alquilo o me quedo? ¿sigo en esta relación o la corto? O sea... no son cosas triviales.


Si bien todo esto no es sorpresa, y de alguna manera estoy dejando pasar el tiempo un poco mucho, un efecto que no preví fue el que me iba a provocar tanta tensión interna, al punto de que estoy durmiendo para la mierda y llegué a esto, a enfermarme. Obviamente, me está rompiendo el coco por dentro y la estupidez de los faros para la moto fueron simplemente la gota que rebalsó el vaso. Aleluya.

Estoy consciente de que pienso más de lo necesario, y a veces más de lo que es saludable. A veces vivo en mi zona de confort por demasiado tiempo y paso los días en viajes introspectivos. Fotografiar, viajar, leer, y de alguna forma también escribir, me inspiran a mirar hacia afuera y escapar de mi prisión mental.
Por lo pronto estoy con una dieta de ibuprofeno, mucha agua, un poco de té y sin hablar en lo absoluto. Voto de silencio, como los monjes en Meteora, en Grecia, por lo menos hasta que deje de sentir que estoy tragando aserrín cada vez que... bueno, que trago. Así que por ahora a comérsela, aguantársela, seguir desperdiciando la vida con videos de internet y a esperar que mis anticuerpos hagan lo que hacen los anticuerpos.

lunes, 1 de agosto de 2016

el universo

A todos nos gustaría salir con Olivia Wilde con tetas. O sin tetas, para ser honesto.
Algunos tenemos más problemas que otros para aceptar la realidad, que es que por cada Olivia hay unas cuantas que pueden ser honestamente confundidas con la hermana fea de Jabba the Hutt.
Pero digamos que sí encontramos una compañera de ruta que más o menos satisface nuestras aspiraciones en lo que se refiere a lo visual. Lamentablemente, es como salir de la colación con el título en la mano; sí, con buenas notas y todo. Ahí empieza lo difícil. ¿Es bipolar? ¿Se come los mocos? ¿Qué tal la madre? ¿Es compatible en el sexo? ¿Intelectualmente? ¿Y la autoestima? Y todo esto sin meterse en el asunto más trascendente de todos, y que mal que le pese a todos los gurús de la vida moderna y el desuso en que cayó, sigue siendo central: ¿es buena mina? ¿te trata bien? ¿es madura?
Entonces, y visto exclusivamente desde mi perspectiva, encontrar una compañera implica dificultades que hasta ahora, con 42 pirulos, no tengo ni la más pálida idea de cómo sortear, al tiempo que paralelamente estoy tratando de entender qué características tendría que tener. Es como ponerse a armar un rompecabezas de un cuadro mientras el pintor recién está armando el atril. Un chiche.
Y como todo esto suena demasiado fácil, regocijábame mientras mis padres se bombardeaban a recriminaciones hasta el punto en que el entonces esposo de mi mamá no solamente se divorció de ella, sino de mí también. Gracias. Y por si me quedaba alguna duda o esperanza, se fue del país.
Y ahí quedé, tratando de ver de que se trata esto de crecer, estudiar, hablar con propiedad, no joder al prójimo, ir a la universidad y demás.
En algún punto del camino armé un esquema en mi cabeza, un sistema de pre-selección de posibles candidatas a novias, con el cual ahorrarme sufrimiento posterior descartándolas por la más sutil sombra de duda sobre su capacidad de hacerme feliz. ¿Fumás? Volá de acá. ¿Gorda? Evaporate. ¿Hincha huevos? Esfumate.
Algo que pasó más inconscientemente fue que, dado que yo a mis ojos era (soy) execrable, la única forma de convencerme de la idea de que tengo algún valor, por ínfimo que sea, es con el visto bueno del universo, de la forma de una novia alucinante. Sobre todo visualmente. O sea, si consigo que una mina que está buenísima se enamore de mí y elija compartir el resto de su vida conmigo, es como si el universo me perdona por existir, me asiente con la cabeza el ser como soy y me da el boleto y la palmadita en la espalda para sentarme a mirar la película, sin invertir tanto esfuerzo en cambiar, mejorar, o simplemente ocultarme para no joder ni ser visto. Si consigo que una mina que está buenísima me elija por sobre otros, quiere decir que soy mejor que esos otros. Y mientras más buena esté, más calidad tienen los aspirantes que rechaza por estar conmigo. Un fenómeno.
O no.
No sé.
Honestamente: no sé.
Su lógica tiene, pero la primera reacción que se nos pasa por la cabeza es "qué pelotudez", ¿no? Y sin embargo, ahí está. Cuando todas estas ideotas se me formaron e instalaron en la cabeza yo era chico, ingenuo, inmaduro, y sobre todo estaba sufriendo por un mundo que no me aceptaba, sin importarle cuánto me esforzaba, y al que yo no entendía. Y ahora andá a sacármelo de la cabeza.
Ahora tengo una novia que, si bien no es fea, no me da la sensación de que el universo me quiere. Me trató muy mal al principio, de vez en cuando sale con cosas estúpidas (como cualquiera), pero más que nada no me siento que tengo un futuro con ella. Pero intelectualmente es fenómeno, tiene muy buen sentido del humor y me conoce bien...