domingo, 7 de octubre de 2018

nubes de algodón

Paseando por Mar del Plata para sacarle el jugo al solcito, miré para arriba y ahí estaban unas viejas amigas: las nubes de algodón. En Alemania, hasta las nubes son feas. Son grises, no tienen forma definida, son como pútridas, sin alma, sin bondad, sin buenas intenciones casi, arrogantes. Acá (y para ser honesto, en muchos otros lugares) las nubes son lo que tienen que ser: esos cuerpos como de algodón y con formas de oveja, de galletitas, de países, de viejas narigudas y cosas así. Me acuerdo una vez en Jona, al sureste de Zúrich, que vi una nube que era una ballena azul. Pero volviendo a las nubes marplatenses, ellas vienen, nos dejan su lluvia y siguen su camino. Así las cosas, funcionan. Son nubes.


Lo interesante y relevante del asunto es que miré para arriba. A medida que pasan los días estoy logrando relajarme a un punto en que volví a mirar al cielo y a disfrutar el aire, el sol, las nubes... y cuando las noches no estén tan repodridamente frías, las estrellas. No puedo esperar a eso, porque hasta ahora no soporto el frío en cuanto se mete el sol o hasta cuando lo tapa una nube. Hace un frío que te parte, digamos.
Como un vampiro pero al revés, me escondo cuando oscurece y aprovecho todo lo que puedo del resto del día para cumplir mis funciones con Perro y que pueda pasear, hacer ejercicio, ir al baño y básicamente desentumecerse de estar la mayor parte del tiempo en un departamento, el pobrecito. Es un pastor, no fue hecho para mirar paredes.
Por mi parte, si bien me siento un poco ocioso, que como demasiado, o que no hago lo suficiente con vistas al futuro, en realidad estoy recomponiendo mi sistema nervioso después de la tunda que fueron los últimos dos meses previos a poner perro y culo en el avión. La ansiedad y los miedos fueron mucho más perniciosos que las complicaciones de esos estúpidos alemanes que, sin lograr cambiar mi opinión (al contrario, confirmarla), no hay que subestimar nunca su capacidad de cagarte el día.
Los temas para escribir acá se me amontonan en la cabeza, pero serenidad interior es lo último que tengo. Tanta cosa pasa, es un tiempo de tantos cambios, que me es imposible poner los patitos en fila y profundizar en algo en particular. Muy especialmente, y esto siempre es clave para tomarle el pulso a mi estado mental es la fotografía, y el hecho es que ni sé donde está la cámara en este momento. No me acuerdo ni dónde está guardada. No es preocupante per se, son etapas, pero es indicativo, aunque de nuevo el frío es un factor atenuante para no sobrestimar el síntoma.
En fin. Mi contenedor llegó al puerto de BsAs a principio de semana y ahora es cuestión de esperar que me llame el despachante para ir a hacer acto de presencia cuando lo abren. No entendí bien para qué pero da lo mismo. El proyecto de las cabañas sigue su curso, con la arquitecta tramitando los miles de permisos y aprobaciones ante diferentes organismos, proveedores de servicios y unas cuantas rémoras sociales, impositivas y burocráticas. Esto me da tiempo para pensar en los detalles, como por ejemplo el nombre del lugar, o los precios que me gustaría implementar, o la clase de servicio a ofrecer. Miro la competencia, busco ideas, dejo volar la imaginación, saco fotos de cosas que me parecen inspiradoras. De a poco, con paciencia, va tomando forma y me voy entusiasmando. Mejor que eso: voy recuperando la ilusión de hacer este proyecto, lo que me mueve desde hace años a tomar ciertas decisiones.
En el plano económico, si bien en algún momento (ya en el 2015) había hecho un borrador de plan de negocios, ahora las cosas van tomando forma y hay que ir definiendo detalles. No basta con tirar arena para arriba y ver para que lado se la lleva el viento, dárselas de arúspice o de economista; lo que llevo aprendido de tanto viaje es muy útil y esencial, pero no suficiente. Tengo que empezar a leer sobre el tema.Y si mi cabezota encuentra un poco de paz, casi como el ojo de un huracán, quién sabe... a lo mejor sale algo muy lindo.

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