sábado, 7 de noviembre de 2015

si creyera en un dios

Para los que creen en un dios benevolente, piadoso y en general semejante a un pastor, existen momentos en los cuales su fe se ve puesta a prueba. En general pasa cuando un chico muere de cáncer, o hay una inundación y la gente pierde quizás todas sus posesiones, o cualquier otra cosa que no coincide con esa imagen que tienen de un dios que atesora de alguna manera su rebaño.
También puede pasar lo contrario, que gente no religiosa viva situaciones que escapan a la lógica que en general gobierna su vida, que desafían las probabilidades que uno está dispuesto a aceptar. Salir caminando de un accidente de avión, por ejemplo. O encontrar el amor. O ver un atardecer en el mar Adriático. Cosas que obligan a cualquier mente no necia a preguntarse si no hay algo, alguien, detrás de todo eso.
Yo me ubico en el segundo grupo. Estaba en el primero, y después de pasar por una escuela católica me pasé al segundo. Y a medida que progreso intelectual, moral y espiritualmente, me estoy dejando de hacer esas preguntas de una manera literal, sino más bien romántica. Retórica. Per codere.
Además, siendo la religión algo sembrado en nuestra psique a una edad tan temprana, no es algo que se borre así nomás, y las dudas perduran, en una dirección u otra. Pasarme al segundo grupo me pareció primero ser un objetivo, pero en realidad, ahora lo veo, fue solo un hito, un mojón, un paso adelante. Y tuvo varias ventajas, como que dejé de culpar a alguien de mis tragedias. Comencé a tomar las riendas de mi vida, al ver que el único responsable de ese porcentaje de cosas que dependen de mí era, ni más ni menos, yo. Lo cual, obviamente, cuando la cago me deja con muy pocas excusas; pero que es liberador, es liberador.
Por ejemplo, en lugar de recurrir a libros escritos por gente que nunca tuvo acceso a cosas hoy tan elementales como un diccionario (ni hablar de educación) y que creía que la lluvia o un resfrío eran castigos divinos, me entretengo con una enciclopedia (de papel, en serio, no como otras jijipedias que proliferan), o con un libro de algún tema o autor respetable, que me aporten intelectualmente.
Con la marea de cosas que se publican hoy en día es muy difícil separar la paja del trigo, e incluso después del tedioso asunto de determinar qué leer entre una jungla de aplicaciones para el teléfono, publicidad disfrazada de artículos serios, periodistas que se creen escritores, gente con teclado y procesador de texto que se cree que es lo que hace falta para escribir (como si un pincel y un tacho de pintura fueran todo lo que se necesita para pintar la Monalisa), todavía queda el desafío de encontrarlo. Físicamente. Porque incluso en las librerías hay que excavar como un arqueólogo que más que pedazos de jarrones rotos quiere una pedazo de historia.
Y en fin, acá estoy, leyendo "The God Delusion", de Richard Dawkins.
Modestamente, lo recomiendo.

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