domingo, 23 de marzo de 2025

hygge

Creo que alguna vez saltó el tema, pero por las dudas lo menciono: viví en Suecia por casi un año y medio. Eso tuvo muchas consecuencias en mi vida, y hoy quiero concentrarme en lo que creo que fue la más importante y que se refiere a la paz que viví en ese período. En Escandinavia, y en esos países nórdicos en general, el respeto es la base fundamental de todo lo que hacen. Estando en Gotland, esa isla entre el sur de Suecia y Letonia, fuimos a un bar y salimos muy pasada la medianoche. Con nosotros, un grupo de unas 15 nacionalidades, salieron unos cuantos suecos con más alcohol per cápita que una cata de vinos. Y sin embargo, justo antes de cruzar el umbral de la puerta, se chistaron unos a otros y, semi arrastrándose, semi chocándose con las paredes caminando en zig zag, salieron sin hacer ni pío. Realmente se callaron, no es que se chistaron y se rieron y se tropezaron con tachos de basura llenos de latas. No hicieron ruido y punto. Repito: borrachos como cubas. Admirable.
Anoche cuando me fui a dormir, pensaba en eso y en si no será justamente la causa de mi descontento con mi vida en este momento, además de lo de la falta de pareja. El respeto constante, sólido e ininterrumpido del que cada uno disfruta y aprende y ejerce, y todos confiamos los unos en los otros. De hecho, un estudio elaborado por Ipsos en 2022 mostró que el nivel de confianza hacia el prójimo en el mundo arroja un promedio del 30%, pero en Argentina es de apenas el 25%. En Suecia es el 55%. Y para un mí, que me inculcaron el respeto y que experimenté Suecia por el suficiente tiempo como para seguir construyendo e incorporando eso en mi carácter, el contraste es durísimo. O, como diría un sociólogo en lenguaje académico, "una cagada".
Además del trato interpersonal, otro de los aspectos donde se proyecta ese respeto es en el diseño de espacios, privados (ambientes de la casa, iluminación, decoración) o públicos (calles, parques, estaciones de tren). Prácticamente todo es lågom, una palabra, casi un concepto en sueco que significa "equilibrado, ni mucho ni poco". También hace referencia a pacífico, tranquilo, que no molesta. Y así viven. En danés y noruego tienen otra palabra, que si bien no es lo mismo, también apunta a vivir en bienestar: hygge, que se refiere a la calidez y el disfrute de los pequeños momentos.
Lågom es algo que incorporé a mi vida hace ya más de 20 años, justamente cuando viví en Suecia. Hygge, en cambio, aunque venía haciéndolo intuitivamente (y lo puse en práctica cunado hice mis emprendimiento de alojamiento turístico), en realidad no conocía el término y no sabía que había gente con la misma inquietud. Hace unos meses cambié mi hábito de desayunar en la cocina por el de hacerlo en el comedor, donde tengo un tele enorme en el que miro casi exclusivamente documentales educativos. En eso estaba cuando apareció uno sobre este concepto, donde un tal Meik Wiking tiraba la siguiente definición:

Hygge - The art of creating a nice atmosphere. Enjoying simple pleasures in life. A group of friends, in a cabin, indoors, there's a fireplace going, a bit of wine, in Sweden, in winter, there's a storm outside.

En su libro The Little Book of Hygge, describió una situación ligeramente diferente pero que ayuda a redondear la idea: "Hygge is the feeling you get when you are cuddled up on a sofa with a loved one, in warm knitted socks, in front of the fire, when it is dark, cold and stormy outside. It's that feeling when you are sharing good, comfort food with your closest friends, by candle light and exchanging easy conversation. It is those cold, crisp blue sky mornings when the light through your window is just right."

Y agregaba: "I think we just need to recognize that there is no such thing as an accomplishment that is going to quiet that voice you have in the back of your head saying: once we get to that, then I'll be happy".

En eso estoy.

lunes, 17 de marzo de 2025

el ruidito más lindo del mundo

Soy consciente de lo negativo de mis escritos de los últimos años. Soy consciente de lo frustrado que me siento en general y cómo me afecta el hígado, por ejemplo, o el ánimo, o mis proyectos. En definitiva, lo negativo de mis escritos es un síntoma de algo, lo cual es obvio, pero uno tiene que asimilarlo y rastrear ese algo y, en lo posible, corregirlo.
Este algo es, se cae de obvio, la soledad impuesta por una serie de factores que prefiero no repetir porque no tengo nada nuevo hoy para agregar ni ganas de abusar todavía más de la paciencia de los tres gatos locos que puedan llegar a leer esto. También es el resultado de haber pasado de vivir entre gente civilizada (con todo lo encantadores que son los alemanes) a vivir entre estos animales que son capaces de tirarse un bidón de nafta y prender un fosforito antes que seguir una puta regla. Esto es muy difícil, mucho más de lo que pude prever antes de volver a Argentina, tanto por falta de imaginación como por el hecho, creo, de que acá la sociedad se ha degradado respecto a cuando me fui. En Alemania, Suecia, Suiza e incluso en Italia aprendí que el respeto no es un lujo, es una necesidad. Cono sea, acá estamos, Perro y yo, él comprado, yo rescatado, viviendo una aventura en cada esquina: la de llegar vivo a la otra vereda.
Estas cuestiones tienen el predecible efecto de que uno empieza a aislarse y sumirse en sí mismo, saliendo de su burbuja en contadas ocasiones para tratar con gente cuidadosamente seleccionada. Perro, para colmo, sube la vara y dificulta las cosas haciendo cada vez más cuesta arriba el soportar las idioteces de los humanos. Algo positivo es que uno empieza a disfrutar de un silencio y una soledad que derivan casi inevitablemente en introspección, lo que a su vez deriva en crecimiento personal (o locura... es debatible, pero otro día). En eso estaba un servidor estos días cuando me cayó la ficha de algo que venía preguntándome hace rato y que mencioné acá hace poco: lo de esa especie de electricidad que siento en el estómago cuando veo una pareja haciendo algo lindo, romántico, cuando ella lo besa a él, ese tipo de cosas. No entendía qué me pasaba, por qué esa cosa tan desagradable y que me entristecía, hasta que por algún motivo se me prendió la lamparita y ahora me siento bastante estúpido al respecto, porque la respuesta es súper sencilla: tristeza. Me siento triste de que yo no tengo y no creo que vaya a tener eso. Lo tuve, sé lo que se siente, y ya no tengo acceso a eso. Se me fue el tren. Y eso es para entristecerse, y entristecerse mucho. Ayer viajé en auto por unas 4 horas y con poco tránsito, así que tuve oportunidad de sumirme en mis pensamientos y elaborar el tema en mi cabeza, y realmente esa es la explicación. Era obvia, y por fin dilucidé mi duda. No sé si me ayuda en algo, más que en decir eureka y seguir con mi vida, pero acá estamos así que: ¡eureka! ¿Y ahora? Ni puta idea.

Muy relacionado con lo anterior (en lo absoluto), Perro anda desde hace unos meses con un dolor que primero parecía que era en la pata izquierda trasera, pero después de mucho investigar, incluidos 4 veterinarios y hasta radiografías, resultó que es algún tejido blando en la espalda: músculo, nervio o tendón. Él se rehúsa a explicar, a pesar de las veces que le consulté sobre el asunto, pero el resultado es que está haciendo fisioterapia. Primero fueron 2 veces por semana, y ahora que anda mejor es una sola vez por semana. Magnetoterapia (parece un terrorista con chaleco-bomba), electrodos, láser, ultrasonido y masajes. En cuanto a su vida normal, lo afectó un poco porque, por ejemplo, no están permitidos los saltos o jugar a ir a buscar la pelota o el palito o lo que puta fuera que alguien le tire. Lo de no saltar implica que no puede subirse a la cama, salvo que le construya alguna especie de escalera o rampa, y algo que sucede todavía más a menudo (lo de la cama es solamente a la mañana), subir y bajar del auto. La solución a esto último es simple: lo levanto en brazos y lo subo o lo bajo yo. Calculo que en unos meses él va a estar pipí cucú y yo voy a estar para tirar, pero es lo que hay que hacer y que él necesita, y lo hago con gusto.
Mirando el lado positivo, gracias a esto de tener que subírmelo a upa para que entre o salga del auto, hice el descubrimiento más lindo y tierno de las últimas 5 décadas de mi vida: los mmm mmm y los grrr grrr que hace cuando lo cargo. Son ruiditos que hacía muy seguido de chiquito, o quizás siempre los hizo pero de chiquito yo lo cargaba a upa más seguido y por eso los escuchaba. Como sea, ahora de adulto los redescubrí, y me derrite como casi nada en el universo. Está allá arriba junto con el cielo estrellado y la nariz de una chica rozándome el cuello, cerca de la oreja.

domingo, 9 de marzo de 2025

de pelotas llenas

Hace unos días fui a la plaza con Perro. Es una plaza de 4 manzanas e íbamos cruzando por la diagonal, cuando de atrás alguien pidió permiso para pasar. Instintivamente me iba a correr pero primero me di vuelta a mirar, y era una pareja grande, de unos 35 años, en una de esas bicicletas de alquiler que son dobles, lado a lado, con algunos tubos soldados para formar el aparato. En cualquier caso, claramente desubicados por esperar que las personas (la gran mayoría chicos de 6 años o menos) se corrieran para que ellos pasaran, pero además en infracción por el simple hecho de que eran mayores de 12 años. No tenían nada, pero nada que hacer andando en bicicleta en la vereda, mucho menos en una plaza llena de chicos, en un armatoste de casi 2 metros de ancho. Por supuesto, no me corrí. Entonces me toparon con la bicicleta. Ni vale la pena relatar el intercambio que siguió porque es más de lo mismo de siempre: ignorancia, patoterismo, amenazas, violencia, inoperancia. ¿"Respeto"? Hace rato que dejó el chat en Argentina. Antes de que se inventara internet, diría.
No pasaron 40 segundos, que un tipo que iba caminando delante de mí con su perro tuvo que pegarle un grito a un borrego mal educado, en un autito de esos a pedal, sin supervisión, de unos 6 o 7 años, porque venía a 700 km/h con el autito de mierda y casi atropella al perro. Los padres enseguida vinieron a disculp... no, vinieron a increparlo porque le habló al borrego. Imbéciles. Borregos así, claramente, no salen así de la nada.
Volví de la plaza sintiéndome bastante choto, casi depre. No me daba cuenta de por qué, si no había sido algo tan estresante ni desconocido. Pero por algún motivo, estas dos experiencias, en lugar de sumarse se multiplicaron y me afectaron. Será que se juntan con otras cosas, no sé.
Pero el hecho es que estos son los votantes promedio en Argentina. Con esta lacra se supone que un Milei, un Macri, una Merkel, un Putin, Thatcher, Lenin, Adolfito o quien mierda sea que venga a dirigir este manicomio, tiene que lograr algo constructivo (y no menciono a los peronistas en sus diferentes sabores porque esos vienen a robar, no a gobernar ni mucho menos a hacer algo constructivo). Y estas lacras, además de votar, son votados, porque los políticos no vienen de otro planeta; todos salen del mismo lugar.
Querés cruzar la calle cuando la Ley (arrancando con la 13.893 de hace 75 años) lo indica, seguí esperando. Querés que tus impuestos se usen para algo útil, jodete. Querés que la VTV no sea un reporte de lo que la calle sin mantenimiento le hace a tu auto, a pesar de que cada año pagás 20 veces en arreglos lo que pagás en impuestos supuestamente para mantener la calle transitable, seguí soñando.
No puedo evitar verme afectado por esto. Hay cosas que me afectan desde un punto de vista académico, de puro victimista o dramático que puedo ser, pero el intentar dormir con 10 alarmas diferentes sonando en mi cuadra solamente (a veces 3 simultáneamente), más los escapes y las bocinas de los autos y motos, o el querer cruzar una calle sin jugarme la vida, o caminar por una plaza sin que me atropellen, o el transitar por una calle sin que el pavimento desaparezca, pierda el control del vehículo, y que aparezca de repente haciéndome mierda la suspensión... y mil ejemplos más, no son caprichos ni preferencias: son cosas básicas y por las que además pago.
Todo esto no es, quisiera pensar, mis rezongar diario. Se junta con lo asqueado que me siento con la soledad que me impone la combinación de edad, carácter, un trabajo que no me acerca a otras personas, una vida social limitadísima, y alguna cosa más que se me escapa pero seguro se relaciona con la estupidez general (y de las mujeres argentinas en particular). Este asunto no me molesta solamente por el presente, sino por el prospecto de futuro en el que las cosas siguen, con suerte, igual. Porque a medida que sigo envejeciendo sigo volviéndome menos atractivo, con más panza y un carácter más agrio e intolerante. Y como siempre cuento, hay cosas que yo sé positivamente que a las personas se les hace imposible aguantar de mí pero no pienso cambiarlas, al contrario, porque son correctas. Como la intolerancia a cualquier forma de engaño, algo de lo que la sociedad no debería espantarse sino más bien copiar. Muchas cosas tengo que aprender, pero eso, y algunas cosas más, la sociedad puede y debe aprender de mí. Y si a alguien le parece que peco de arrogante, que se vaya a cagar.

viernes, 7 de marzo de 2025

más cositas

Parece que nos esperan unos días de lluvia, para recibir como se debe a los incautos que decidieron venir a Mar del Plata por Carnaval. La lluvia me inspira, no cosas lindas necesariamente, pero me inspira. Eso ya es bueno. Después queda en mí filtrar en lo que me concentro y lo que ignoro... más o menos. Tampoco es que me caracterice por dominar lo que mi puto cerebro decide rumiar como un idiota obsesivo, pero algún grado de influencia tengo.
En los últimos años es más y más permanente el pensamiento sobre mi deseo de encontrar pareja y el fracaso de no lograrlo, con todas sus ramificaciones. Pero esa soledad y este escribir tienen un lado muy positivo: la introspección. Hay un millón de cosas que estoy aprendiendo de mí mismo que de otra forma no hubiera descubierto. Para la mayoría ya es demasiado tarde, no voy a poder aplicar las enseñanzas de la vida, pero algunas todavía puedo incorporarlas y beneficiarme.
Algo tan relevante como obvio es la falta de un padre. Sí, mis padres se divorciaron cuando yo tenía 4, creo, y mi padre (esa acepción que uso: mi progenitor) desapareció de mi vida cuando yo tenía 7, yéndose a México, para reaparecer unos 10 años después. Por un par de años me dediqué a conocerlo y, cuando tuve suficiente información, decidí que era mejor apartarlo de mi vida. No es un padre (de ningún calibre) sino apenas un genitor, por lo menos para mí y para mi hermana. Peor aún, no es un gran ser humano: es deshonesto, mentiroso, infiel, no tiene valores a imitar ni me causa ningún tipo de admiración. Ni siquiera tiene un gran carácter. Tiene, sí, dos cosas que aprendí: no decidir con furia, y hablar las cosas. El problema, en este caso, fue que mi familia materna, con la que crecí, tenía grandes dificultades para hacer esas cosas, así que no sé si él resalta por mérito propio, en forma absoluta, o es un mérito relativo que surge por contraste con lo que yo conocía hasta los 17 o 18, cuando fui a vivir con él un par de años. No matter, la semilla quedó y, junto con una novia espectacular que tuve, me abrí camino en las artes místicas de lidiar con las cosas en forma calmada y constructiva. Todavía (y no le veo fin) estoy en ese camino de aprendizaje, y disfruto cada día y cada lección que incorporo, aunque sea parcial o imperfectamente. Todo es crecimiento.
Hay otra consecuencia de la falta de un padre en mi vida, o siquiera de un hombre, alguien que me acompañara y me llevara de la mano, que me indicara derecha o izquierda, que me hablara, que me explicara las cosas, los demás, y cómo conducirme. Escribiendo esta última oración, mi abuelo materno hizo precisamente todo eso; el asunto es que era autoritario en extremo y la diferencia de edad y algunos otros factores conspiraron para que no pudiera transmitirme todo lo que tenía para enseñarme. Por otro lado, mi tío, su hijo, fue un tipo que nunca logró formar pareja, que tomaba un poco mucho y fumaba un poco más que mucho, pero cuando falleció se presentaron a su funeral hombres grandes con Rolex y sobretodos gris oscuro y caros, y lloraron desconsoladamente. Fue una imagen que nunca voy a olvidar. Y sin embargo, creo que si puedo elegir entre una vida más plena y satisfactoria o mis amigos llorando en mi funeral... están ahí, cabeza a cabeza.
Volviendo a las lecciones que me hubiera gustado que me dieran, claramente son una carencia en mi carácter. Hay un montón de cosas que me superan y me siento un idiota. No necesito ser el ninja de las relaciones humanas, con la solución perfecta para cada cuestión. Me gustaría tener simplemente una línea de pensamiento adquirida por el ejemplo, aunque sea el 80% correcta, pero algo de lo que agarrarme para basarme, y después ir desviándome e perfeccionándome a medida que sea necesario. San Martín, Rambo, Yoda, Papá Pitufo, mi abuelo... Todos dejaron su huella, y de cada uno extraigo lo que me sirve, pero el criterio de qué conservar y qué descartar, además de ser una cuestión de resonancia con cada uno, también es una cuestión de criterio, y ese criterio me lo hubiera desarrollado un padre o una figura paterna. En otros términos: además de qué pensar, me falta cómo pensar. Puedo divagar tres días sobre los pro y los contras del aborto, pero si soy honesto, la vida de un ser humano me significa muy poco, casi nada, si me apuran. Eso me lo hubiera enseñado un padre. Creo.
En este punto me surge lo siguiente, que supongo que cruzará también la mente de un potencial lector: mi mamá, ¿no jugó ningún papel en esto? Más o menos, porque era un poco especial también y tenía opiniones particulares, pero además, recordemos, era mujer, y yo acá estoy hablando de mi carencia de una figura paternal en mi vida, no de una figura maternal. Esa la tuve, imperfecta, por supuesto, pero estuvo. Y hablando de imperfecciones...
Mi mamá quedó bastante tocada de su divorcio, al punto de que siempre cuento que hasta los 11 yo no tuve madre sino un manojo de histerias y neurosis con forma de mujer que me llevaba 27 años. A partir de esa edad se calmó, aterrizó en sus cabales y empezó a ocuparse de sus hijos en lugar de sus caprichos. No sé qué le pasó en la cabeza y nunca me animé a preguntarle, pero eso fue lo que se vio desde afuera.
El asunto es que hasta que llegué a esa edad las cosas fueron bastante abruptas. Un ejemplo, que recordé esta mañana, fue cuando tenía unos 8 años y descubrí las computadoras, y me fascinaron. Como cualquier nene, rompí las pelotas dos semanas tratando de encontrar una (estamos hablando de 1980 y algo) y aprender lo que se podía hacer con una y cómo. Finalmente oí del Instituto Sarmiento, en Av. Independencia y Balcarce, donde daban clases de Basic en una Texas Instrument 99/4A. La matrícula era cara y yo estaba dispuesto a vender un riñón con tal de inscribirme. Fui a la pieza de mi mamá y le conté lo que había averiguado, y se tiró al piso de rodillas y empezó a sollozar a los gritos pidiéndome que dejara de insistirle con eso. Y esa es una de miles de episodios similares. Uno termina preguntándose qué es lo que hace mal, qué es lo que es mal. Solamente en los últimos 2 años me permito pensar en esto, desde que murió, porque si lo hacía antes me iba a predisponer mal par con ella, en el trato, pero poder pensar en esto y admitir que mi madre era un poco bastante chota en algunos aspectos me ha liberado, supongo que de la culpa por ser como soy. No sé.
Necesito aire, me voy a pasear a Perro.

martes, 25 de febrero de 2025

otras cositas

Cuando uno pasa un tiempo buscando pareja, intentando cultivar una relación con alguien, y no lo logra, llega un punto donde me parece natural empezar a dudar de uno mismo y de su atractivo. Y no me refiero a lo físico exclusivamente sino en un sentido más holístico. Y yo, con mi muy baja autoestima, enseguida encuentro mil razones por las que nadie se fija en mí, por las que los demás consiguen pareja, a veces encantadora, y yo nada. Es dolorosísimo. Y difícil de refutar.
Veo una chica linda por la calle y me corre una sensación así como eléctrica de vacío en el estómago, de impotencia, de soledad rancia, de ser inquerible, indigno de amor e insalvable de mi solitario destino, al punto que pienso que el universo sabrá por qué no me da una compañera y por qué no me permite reproducirme. Sabio, el universo, tiendo a pensar. Y no me faltan ejemplos para justificar esta postura. Veía una chica tomar la cara del novio con las dos manos y le daba un beso, y me imagino cómo se sentía (porque me sucedió alguna vez, y no con la última novia, ni la anterior, ni la anterior a esa, y puedo seguir), y sentir su delicadeza y el shampoo de su pelo... Y me tiemblan las rodillas y de nuevo esa sensación en el estómago.
Mientras escribo esto estoy, como suelo hacer, en un café disfrutando del aire acondicionado y con 33° afuera. De a ratos entran mujeres a comprar algo para llevar y algunas son extraordinariamente lindas, y vestidas para la temperatura del día. Difícil concentrarse, pero a pesar del atractivo sexual, a mi edad tengo la capacidad de ver más allá y disfrutar del potencial intelectual y emocional que pueden ofrecer. Y me pregunto, como en tantas ocasiones, si podrían agregar algo a mi vida: compañía, crecimiento, conversación, valores, evolución. Cosas muy de moda en algún otro planeta, pero no en este. No sé si se da en los hombres (y obviamente tampoco ni me interesa), pero definitivamente no en las mujeres, no en las marplatenses.
Hoy hablaba de estas cosas con una amiga que me conoce bien y es súper inteligente, y llegó a la misma conclusión que yo: algo tengo que cambiar, algo estoy haciendo mal. Una vez descartado el hecho de que, salvo en la plaza con Perro, no tengo demasiadas instancias donde conocer mujeres, o los cambios culturales que tengo que forzar en mi cabeza, bastante descontenta con lo que encontré una vez que viví en Europa y conocí opciones, quedan cosas que a lo mejor no quiero cambiar, porque son parte mía y son una parte que no es así por casualidad sino que cultivé. Esto no es menor. Le pongo mucho, mucho esfuerzo a hacer la mejor persona que puedo de esto que dejó el divorcio de mis padres y otras cuestiones que me pasaron de chiquito, que volaron a la mierda mi confianza en la raza humana, mis ganas de abrirme... en fin, mi capacidad de relajarme con las personas. Y mientras más las conozco, peor. Y mientras más conozco a Perro y su devoción a prueba de bombas, peor todavía.
Descartando el hecho de que en Argentina las mujeres son princesitas (o sin tanto eufemismo y referenciando lo que escribí la última vez, lisa y llanamente pelotudas), pocas quedan con las que un tímido y miedoso como yo pueda y valga la pena penetrar las barreras defensivas que, con o sin razón, conducentes o no, implementan acá. Es frustrante y estoy perdiendo un tiempo valiosísimo. No tengo más "toda la vida por delante". Soy un adulto que cada día se levanta con más entumecimientos, crujidos de huesos y la vista más chota, le cuesta más cortarse las uñas de los dedos de los pies, tiene más panza a costa de menos músculos (peso lo mismo que a los 17), la piel más agrietada, más olvidos, más cinismo, menos tolerancia (algo que nunca me caracterizó), más sensibilidad con lo que vale la pena y más determinación para ignorar lo que no, sin importar los decibeles de los lloriqueos. Así que un día me levanto y ya no soy atractivo más que para algunas cincuentonas decrépitas recién divorciadas que quieren probarse que todavía les queda valor en el mercado, cosa que no les queda. Además de ínfulas, les importa un bledo conocer un hombre decente que valga dos pesos: vuelven a las raíces de buscar atención, atención y más atención. De quién, irrelevante. Atención. Como estúpidas drogadictas. Y patéticas, poniéndose a competir con sus propias hijas, luchando contra el tiempo y la naturaleza para alcanzar esa medalla de "ay... parecen hermanas". Dan vergüenza ajena.
Mientras tanto, yo, como tantos otros hombres, tengo la opción de conformarme con eso (nopi nop, gracias-pero-no-gracias), trolas (pagas o no, en lo personal no distingo porque es una opción que no pienso tomar), perro (cada día que pasa lo encuentro menos reprochable), moto (obvio), y a la mierda. Estoy con ganas de hacer la de Luke Skywalker en Episodio VII y rajarme a esa isla de mierda en el medio de la nada. Porque para lo que vale intentar ser buen tipo, bañarse de vez en cuando y tratar de mantener una mínima ortografía...
Estoy solo, frustrado y desanimado. Por si no se nota... Y tengo miedo. De quedarme solo. Tuve tres tíos: dos por parte de mi padre y uno por parte de mi madre. A todos los vi demasiado poco. El hermano de mi mamá era especial porque tuvo una linda vida, pero nunca se casó. Tres veces estuvo a punto de hacerlo y no sé bien las historias, pero lo importante es que nunca se casó. Siempre, desde que tengo memoria, fue un modelo a tener en cuenta de lo que no quería que me sucediera a mí: quedarme solo, sin encontrar el amor de pareja. Y acá estoy, y sin hijos siquiera. Me da mucha pena cuando pienso en él y su soltería (y su soledad), y me da más pena y mucha tristeza cuando me miro, por lo mismo. No me molesta el paralelismo, me molesta esto que veo como un gran fracaso, un desperdicio de mi vida.

viernes, 14 de febrero de 2025

algunas cositas

Ser invulnerable, y saber empuñar ese poder. Ese es mi deseo.

Pero no tiene nada que ver con lo de hoy. No. Lo de hoy es una reincidencia mía: la falta de amor. La soledad. La falta de objetivos, y de sentido. El hecho de que escriba esto hoy en particular, 14 de febrero, es una absoluta coincidencia. Para el que no me crea, que mire alguno de los 495 escritos pasados. Probablemente más de la mitad hagan referencia a este tema o lo abordan directamente.
Estoy durmiendo espantosamente desde hace unos meses. Estoy bien de salud, de dinero, de techo, diría que de todo lo que está en el primer escalón de la pirámide de Maslow y gran parte del segundo. De ahí para arriba, nada, zip, niente. Demasiado niente. Y, por supuesto, no sé manejarlo. Me encanta escuchar esos imbéciles diciendo que uno tiene que estar bien con sí mismo y no necesitar a alguien. Genial. Pulgar para arriba. No, no... dos pulgares para arriba. En teoría. Porque sí, en general estoy de acuerdo; en realidad estoy de acuerdo en que uno tiene que estar bien con sí mismo, pero de ahí a que funcionemos bien unitariamente... nop. Lo que sostengo, basado en mi experiencia y observando a los demás, es que una pareja hace lo malo la mitad y lo bueno el doble. Lo dije mil veces y lo repetiré 10.000 más. Lo vale.
Pero acá estoy, rascándome solo la espalda, sin una respiración que escuchar para dormirme, sin cómplice, sin compañera, sin motivos, sin sentido las canciones, sin encontrar manos mutuas y jardines lentos ("1964", Borges). Por una u otra razón, no encuentro nada de eso.
Y se va cristalizando la idea de que una razón soy yo. Estoy demasiado dañado. No es una cuestión de exigencias, como muchos creen. El problema, los problemas que tengo, incluyen miedo a ser usado, al abandono... y ahora que lo pienso, a poco más. ¿Querés dormir del lado derecho de la cama? Tuyo. Ah, ¿los días impares del lado derecho y los días pares del izquierdo? Nou problem. ¿Cine con tus amigas? Que te diviertas. ¿El asiento de la ventanilla en el avión? Tuyo. ¿Cortarle el pasto al jardín de la casa de tus padres? Mostrame dónde está el enchufe. Te cocino, te cuido y te mimo. Te espero en la parada del colectivo, te llevo a Amalfi, te busco el aro que te olvidaste en el hotel. Charlemos. Envejezcamos juntos. De la mano.
Cuando era chico, basado, admito, exclusivamente en lo que me contaba mi hermana de sus compañeras de colegio (porque los dos íbamos a colegios de hombres y de mujeres exclusivamente), la mayoría de las mujeres tenían cierto pudor y las promiscuas eran una muy identificable minoría. Era obvio quién era quién. Hoy, o me engañó mi hermana, o las cosas cambiaron. Mucho. Basta con abrir cualquier "red social". Y una cosa yo todavía no había aprendido: la amplia mayoría son repelotudas. Pero pelotudas con esmero, de esas que en un campeonato de pelotudez, no les aceptan inscribirse. Por pelotudas. Da bronca (por si no se nota). Acabo de ver una chica ("chica"... unos 35 años) con su hijo y lo que me pareció su exesposo, desayunando y teniendo una serie de actitudes tan nobles y moderadas, que no hizo más que agregar contraste a la situación de lo pelotudas que son las argentinas. Si no lo fueran, esta chica no hubiera destacado como lo hizo. Y de ese repertorio de pelotudas que ofrece Mar del Plata, Argentina, se supone que tengo que encontrar una que no lo sea. Y no sé cómo. Y estoy a punto de rendirme, con dos posibles corolarios: o me quedo solo, o me voy a otro lado a buscar lo que necesito. Ninguna de las dos opciones me parece aceptable, más bien bastante deprimentes, sobre todo la primera. Fuck.
Pasa el tiempo y mis reservas respecto a las mujeres que encuentro en el camino se cementan cada vez más. También estoy empezando a separar la paja del trigo cuando pienso que no voy a encontrar a la adecuada por mi culpa. O sea, deja de ser un fustigarme sin piedad para pasar a ser algo más constructivo, de lo que puedo, si no cambiarlo, aunque sea sacar conclusiones útiles. En realidad el objetivo sí es eventualmente cambiar lo que pueda, pero también quedarme con lo que no quiero cambiar, porque me doy cuenta de que es mi esencia y no es bueno ir contra la naturaleza de uno. Algo que aprendí es a articular mis emociones, explicar cómo me siento y por qué. Algo que aprendí a dejar como está, y de hecho a cultivarlo, es el ser cuidadoso con mi paz, mi intimidad, mi círculo personal, ese metro cuadrado donde estoy emocionalmente parado, y al que no le guste... Ya está, ahí terminó la oración. No es asunto mío, y lo aplico recíprocamente. Me da mucha paz que cuando alguien rechaza mi compañía, aceptar que está en todo su derecho. Es parte del respeto, y es no hacerse la cabeza con cosas que uno ni conoce las razones, ni puede controlar.
Todo esto, lamentablemente, es para una fase más avanzada en una relación, digamos la que viene después de decir "hola". La macana, como vengo recalcando, es que no me cruzo siquiera con mujeres. Mi trabajo no lo fomenta, ni ninguna otra parte de mi vida, salvo cuando llevo a Perro a la plaza, pero esa es una dosis homeopática de mujeres comparada con... no sé, ir a clases de zumba (que no voy a hacer) o alguna cosas así. Fuck. (sí, otra vez)

martes, 11 de febrero de 2025

ir a desayunar

Inexplicablemente, paso por períodos en que adoro la intimidad de desayunar en casa y la ceremonia de la preparación, y otros en que quiero salir cada mañana a algún café. Hacerlo en casa es una derrota, u otro clavo en el ataúd de mi vida social. Y según veo, soy bastante rompepelotas con lo que quiero o lo que no tolero cuando me siento en un lugar en el que pago por lo que me sirven y por estar.
Por sobre todo valoro la tranquilidad del lugar. Aborrezco a los imbéciles desubicados con sus putos celulares metiendo mensajes, musiquita, campanazos, radio o videos. En realidad, cualquier cosa que salga de esos aparatitos, o que le metan, incluso, porque idiotas así casualmente se ponen a mandar mensajes o a hablar y entran en un trance donde no existe el prójimo y se dan manija solos, elevando la voz a niveles de cancha en lugar de... café. Fangio, en un reportaje hecho en su auto mientras manejaba por Buenos Aires, se rehusaba a contestarle a su entrevistador más que cuando estaba detenido en los semáforos en rojo, porque explicaba que manejar es muy difícil, y conversar distrae. Fangio. Imaginate el resto de nosotros. Cuando cedemos nuestra atención al aparatito, poco queda para lo demás, sobre todo para nuestros prójimos; estemos donde estemos.
Lo otro que valoro es el servicio profesional. Amable viene después, pero primero tiene que ser eficiente y respetuoso. Si le sumamos alguna sonrisa, mejor todavía. Y si la camarera es linda, bingo.
El lugar tiene que ser agradable y estar cuidado. Los únicos que pueden darse el lujo de saltearse esto son los bares de pueblo en lugares como Italia o Francia, con sus dueños detrás de la barra que duermen con el cigarrillo en la boca y que no se acuerdan de la última vez que cambiaron una mesa, si es que alguna vez pasó. Esos lugares que vas 20 años más tarde y está el mismo tipo con el codo en el mismo lugar, la barba un poco más larga. Fuera de eso, espero un lugar con diseño, personalidad, cuidado y limpio. Los inteligentes ponen mesas de 3 patas, los tarados insisten con las de 4 y encima no las ajustan. ¿El precio? Me lo paso por fondo de la raya. Tengo un presupuesto, así que si es caro pero lo vale, voy menos seguido y listo, asunto resuelto.
La mercadería tiene que ser buena. Tiene que ser un poema de Neruda o de Borges, de hecho. El café, las tostadas con su queso crema y sus mermeladas, las tortas, la pastelería, lo que sea... tiene que ser todo una explosión de sabor, un orgasmo gastronómico. Algo que me deje pensando en lo patéticamente inútil que soy en la cocina, y sonriendo por eso, resignado pero feliz por el descubrimiento.
Algo que vengo estudiando últimamente es por qué algunos lugares me atraen más que otros, y la respuesta no se hizo esperar ni se escondió mucho: necesito sentirme valorado. No espero que me tiren la alfombra roja ni me besen los pies, simplemente que me aprecien un poco como cliente que esencialmente, salvo un café más caliente, un poquito más de queso crema, no rompe las pelotas, ni su perro. Nos sentamos en un rincón, yo leo un libro, Perro le da vueltas al tema del yuan-dólar o a si la moral es relativa o absoluta o a los últimos descubrimientos del JWT. No me suena el teléfono, no trato de llamar la atención, pago y dejo buena propina, y listo. Me pasó recientemente que en un lugar al que suelo ir tipo 8, 8 y media, fui temprano, apenas abrieron (a las 7) y pusieron música de rock pesado y a mucho volumen. Les pedí que lo bajaran y no les interesó, así que me levanté y me fui. El lugar estaba vacío y suele estar vacío a esa hora, creo que precisamente por eso, porque hace años, cuando tenía otro dueño y funcionaba de otra manera, la gente iba más temprano. Ahora, por dueño tiene un flaco de 30 y pico de años que mientras el lugar no se incendie, mucho más no le importa. Ejemplo: hay una mesa que le falta el taco de goma a una de las patas desde hace un año y medio; un puto taco de goma. La mesa parece la rampa de despegue del Kuznetsov. No matter.
Así que si la cosa sigue así con las reservas en mis cabañas (la semana que viene están libres, después empieza de nuevo a venir la gente), quizás aproveche y me pegue una vuelta por BsAs. Necesito viajar e ir a desayunar a lugares desconocidos, donde los defectos no le llamen tanto la atención a mi cerebro desesperado por paz, donde pago y pasa lo que espero que pase por el hecho de que tomen mi dinero. Una cosa rarísima en Argentina, parece.

lunes, 10 de febrero de 2025

palomas

Esto lo escuché alguna vez sobre los peronistas, aunque después supe que fue dicho en algún momento sobre los idiotas en general y luego cada quien lo aplica al interlocutor a su gusto: "Debatir con un idiota es como jugar al ajedrez con una paloma: va a tirar las piezas, cagar en el tablero y después irse con sus amigos a celebrar victoria."

Y esto lo leí por ahí y coincido plenamente. Lo escribió un filósofo y pastor alemán disidente que murió en un campo de concentración alemán en 1945. Supongo que lo escribió en alemán (aunque hablaba muy bien el inglés), pero el texto que encontré estaba en inglés. Así que mandé una traducción automática que quedó bastante buena, pero la adapté para que exprese un poco de mi sentimiento al respecto de este tema:

"Es una comparación ingeniosa, pero, según el teólogo Dietrich Bonhoeffer, también es muy preocupante. Para Bonhoeffer, la estupidez es mucho más dañina que la maldad. En la vida existen personas malas: asesinos, deshonestos, etc. Pero no son la mayor amenaza. Porque cuando se identifica algo como malvado, el bien puede unirse para defenderse y luchar contra eso. Cuando sabemos que alguien es malo, sabemos cómo tomar una posición. Como expresó Bonhoeffer: “La maldad siempre lleva en sí misma el germen de su propia ruina.”
La estupidez, sin embargo, es un problema diferente, y no podemos combatirla con tanta facilidad por dos razones. La primera es que, como sociedad, somos mucho más tolerantes con ella. No tomamos la estupidez con demasiada seriedad ni atacamos a alguien por no saber algo. La segunda razón es que la persona estúpida es escurridiza. Como una paloma jugando al ajedrez, no está abierta ni al razonamiento ni al debate.
Por eso, para Bonhoeffer, la estupidez es mucho más peligrosa, porque a menudo es un arma, el arma, que las personas malas pueden utilizar. A estas personas les resulta difícil tomar el poder por sí mismas, necesitan que las personas estúpidas hagan el trabajo por ellas. Una persona estúpida puede ser guiada, manipulada y dirigida para hacer muchas cosas. La historia nos enseña que ser estúpido no significa que no puedas tener poder.
La maldad es un titiritero, y no ama nada tanto como a un idiota poderoso."

Este análisis no es estrictamente sobre el dicho anterior de la paloma sino sobre el tema de qué es peor, más dañino: la estupidez o la maldad. Mi pensamiento es que la maldad uno la puede contener si la identifica a tiempo, pero sobre todo es moralmente más justificable tomar medidas drásticas contra gente mala, pero la gente estúpida suele verse como más inimputable: le das un garrotazo a un estúpido y te mira con ojos de carnero degollado, y es una mirada sincera. Sencillamente no sabe qué hizo mal. Y sin embargo, el daño que cada uno puede ocasionar, como bien argumentó Bonhoeffer, es como mínimo equiparable en magnitud.

Los espartanos no se andaban con vueltas: si un miembro de la sociedad era débil mental o físicamente, lo descartaban, al punto de dejar un bebé recién nacido toda la noche afuera para ver si sobrevivía. Si bien esto es más mito que realidad, y la selección de los recién nacidos no era exclusiva de Esparta sino más bien relativamente común en el mundo antiguo, el hecho es que era una cuestión de supervivencia, con el beneficio añadido de que presionaba la selección de los más aptos. Sin pretender llegar a esos extremos, hoy en día se ha no solamente interrumpido cualquier proceso de selección, sino que además se ha impuesto el "proteger" a los más débiles. Nos guste o no, se pueda tildar de "ético" o de "moral" o no, esto tiene una y sólo una conclusión: la raza humana va a deteriorarse. Cuando uso el término "débil" no estoy refiriéndome a discapacitados de nacimiento, sino a personas física y mentalmente intactas que, por su crianza, su entorno, y la manipulación de otros, no crecen y se desarrollan como miembros productivos de la sociedad, sino todo lo contrario: se transforman en lastre. La sociedad gasta recursos no en el bienestar común, sino en reparar el constante daño que causan esas personas a las que no se las preparó para hacerse cargo de sí mismas y, al contrario, se les enseño a gritar "¡injusticia!", sirviendo así a un titiritero inescrupuloso.
Cuando la meritocracia se publicita como algo dañino, y los bobos que nunca pisaron una biblioteca aplauden, el andamiaje que lleva al progreso, no solamente tecnológico (carente de valor en sí mismo), sino moral, social y de bienestar de todos, se va desintegrando y eventualmente todos pasamos a peor vida.

miércoles, 15 de enero de 2025

un poco lelo

Hace días que quiero escribir sobre esto pero es difícil llegar al estado mental que necesito. Seguro lo he mencionado y seguro si alguien en este universo me lee, lo habrá deducido: no encajo. O estoy mal yo o está mal este planeta, pero en los dos rincones donde pasé un tiempo significativo algo me calló soberanamente mal y se siente como lo que en Fórmula 1 le decían show stopper.
Hay cosas que realmente podría pasar por alto. No sé... que si los argentinos son impuntuales. Me puedo relajar con eso, acostumbrarme (después de todo, crecí acá y debería pasar inadvertido). Por supuesto que podría armar un buen argumento de por qué eso es malo y no debería, ni yo ni nadie, aceptar ese comportamiento, que es mucho más que una falta de respeto, etc. Muchos más ejemplos de cosas que podría, haciendo mucha fuerza, tratar de ser menos sensible, no se me ocurren. En cambio, me vienen a la mente muchos más de los otros, los que invaden nuestra existencia y de a poquito nos la cagan. Ejemplo: los escapes de las motos, las alarmas, los insultos. Es raro que pase una noche en silencio. No me refiero a que todo tiene que cesar a las 8 de la noche: digo a medianoche, cuando ya el 99% de la gente intenta y necesita descansar. No es opcional, al día siguiente tenemos que poder ir a trabajar sin estar como un muerto viviente, o tenemos que arrancar temprano con un viaje, o cuidar de alguien o atender un asunto. O, el averno lo permita, queremos leer un libro, tener una conversación sin andar a los gritos, o ver una película, aunque todas estas cosas son secundarias comparadas con un sueño reparador. Eso, en mi cuadra, y estimo que en cada metro cuadrado urbanizado del país, es un lujo inalcanzable. Es horrible la situación. Y tener el atrevimiento de protestar al respecto a quienes contribuyen con el ruido lo único que genera es quejas, insultos, amenazas y hasta violencia.
Hace unos días un imbécil estacionó su auto frente a la cochera de una casa a pocos metros de donde vivo. Estaba perfectamente ubicado desde el cordón de la vereda hasta el frente municipal donde se ubicaba la reja de entrada a su propiedad, y pasó ahí toda la noche. Como peatón, no había posibilidad de pasar, había que bajar a la calle y arriesgarse a ser pisado por los autos que pasaban. Cuando pasé, se me ocurrió caminar por el capot (lo que en Argentina le llamamos a lo que tapa el alojamiento del motor; creo que en México y otros países le dicen "cofre"), o pincharle (o como mínimo desinflarle) las cuatro ruedas, o cosas así. Si hubiera tenido un equipo completo de rugby, los 15 jugadores, les hubiera pedido que lo dieran vuelta. En retrospectiva, analizándolo fríamente, hubiera sido justo, proporcional y necesario, rozando con el deber cívico. El que dejó el auto ahí se cagó soberanamente en todos los que tuvieron que bajar a la calle durante las 12 horas que estuvo, y como por lo menos en mi ciudad no hay ni policía ni departamento de tránsito, uno no puede ir por los canales formales que en otros lados sí están a disposición de los ciudadanos. No voy a decir nada sobre lo que hice o dejé de hacer, pero digamos que no pasé de largo. El gran problema en Argentina es que es sabido que uno puede hacer casi cualquier cosa sin sufrir ninguna consecuencia, y eso es exactamente lo que hay que cambiar.
Comentando esto con una amiga lo primero que le salió fue decirme que cómo iba a hacer eso, que a ver si alguien en la casa me ve y sale, y otras opciones más apocalípticas. Esta es la respuesta estándar que obtengo cuando señalo actitudes como las del que dejó ese auto, y el cómo creo que habría que actuar para contribuir a desanimar esas actitudes. El argentino, sin embargo, a sus muchas virtudes suma el que es muy de lavarse las manos, de no meterse. Todos tienen la solución pero pocos están dispuestos a asumir los costos, y no me refiero a los riesgos, sino a los costos. Jugársela, enfrentar a los que se cagan en el prójimo y hacerles la vida miserable. Muchas veces me han felicitado por levantar la caca de mi perro, pero ¿de qué sirve? Los dos estamos de acuerdo en lo que hay que hacer y lo hago, no veo el fruto posible de la felicitación. En cambio, lo que hay que hacer es tirarle la caca por la cabeza a los que la dejan. Eso sí cambiaría algo. Lo he hecho (y he tenido que salir corriendo), y lo seguiré haciendo. ¿O qué? ¿No saben lo que tienen que hacer? Lo saben, y se cagan en el prójimo. Contra ese hay que ir, no a favor de alguien que ya está de nuestro lado.
Estas cosas se aprenden cuando uno quiere criar un perro para que sea un buen miembro de la sociedad. Es el abc de la educación: premiar comportamientos que uno quiere ver repetidos, castigar los que uno no quiere ver repetidos. Si el comportamiento que uno quiere ver repetido ya está incorporado, no hace falta premiarlo más, ya se lo educó. Mejor concentrar los recursos en desanimar los que uno no quiere que el perro siga haciendo. Es tentador asumir que los humanos somos iguales, pero no es así: los humanos somos una mierda comparados con los perros.
Todo esto me lleva a un punto que es en realidad el motivo de sentarme hoy a escribir: la diferencia entre mi forma de pensar no está en las cosas que yo creo que están bien o mal, sino en lo que estoy dispuesto a hacer al respecto. Mis reacciones no son el problema, las reacciones de los demás lo son. Las que no tienen, su inacción. Su falta de determinación a lidiar con las cosas, poner manos a la obra, ensuciarse, y al final del día mejorar un poquito el mundo. No. Prefieren resignar sus derechos fundamentales, que justamente ayer escuchaba que, por lo menos según un filósofo del siglo XVII llamado John Locke, son tres: el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad. Yo sabía que tantas horas en Instagram algún día darían frutos.
Esta diferencia entre mi predisposición a asumir conflictos con tal de mejorar las cosas, y la actitud de los demás de no complicarse la vida (cada una de estas dos opciones con su respectivo precio), es fundamental y es lo que genera que la gente me eche miradas raras, como si yo fuera el problema. El precio de la opción que yo elegí es que tengo más conflictos, pero lo vale y los resultados están a la vista en países donde hacen ese mismo esfuerzo. El precio que pagamos en Argentina por este superávit de inoperantes y cómodos también está a la vista, pero no lo ven. O peor: no quieren verlo. Ya hace 30 años un amigo me dijo que si Argentina tuviera más tipos como yo, esto estaría infinitamente mejor. Ahora lo veo. Soy un poco lelo para absorber cumplidos.
Todo esto también es la base de por qué no consigo novia, junto con otro par de cosas. Pero eso lo dejo para otro día.

viernes, 10 de enero de 2025

¿prioridad de paso o no?

A veces uso ChatGPT para buscar el origen, la etimología o la definición de alguna palabra y sus diferentes acepciones (como las de cinismo o ignorar) o para clarificar cuestiones filosóficas, o simplemente para cotejar ideas, aunque más no sea con una máquina sin ideas propias pero muy educada y con mucha más información de la que uno pueda llegar a absorber en su vida. Por ejemplo, siempre me chocó la famosa frase "respetame porque yo te respeto". Ya despotriqué (cómo no) antes sobre esto así que no me voy a extender ahora sobre el asunto, pero el corolario es que mi incomodidad con esa proposición de comerciar respeto estaba bien fundada. ChatGPT no es la última palabra, tiende a confundir fechas y cosas así, pero la (¿lo?) encuentro muy útil para conversar con una especie de espejo con una biblioteca vasta a su disposición y herramientas de análisis. Google sería el remedio a la ignorancia porque es una biblioteca monstruosa; ChatGPT es mucho más, pero no sólo en la forma en que uno puede formular lo que busca, con lenguaje coloquial y hasta con errores gramaticales, sino que, a diferencia de Google, que se limita a mostrarnos lo que encontró y uno tiene que analizarlo, ChatGPT analiza los resultados y saca conclusiones. Así, ChatGPT permite conversar interactivamente sobre las cosas e ir profundizando; no solamente regurgita lo que sabe, lo que "le dijeron", lo que "escuchó por ahí".
En fin, todo esto para lo del respeto. Al haberme educado un poco sobre el tema, ahora estoy más convencido que nunca de que los argentinos son unos imbéciles absolutos que no reconocerían el respeto aunque les pisara un testículo o una teta.
Hace unos días fui al Bosque Peralta Ramos, acá en Mar del Plata. Mi ruta es tomar la avenida Mario Bravo en dirección sureste, y al llegar a Las Margaritas doblar a la derecha para entrar en el Bosque. Las Margaritas es una calle de doble mano. En lugar de "calle", quizás "cinta asfáltica" sería una mejor descripción, porque no hay vereda ni línea demarcatoria ni un pomo. Pero ahí está, uno va y viene. Y como estamos en Argentina, uno va o viene por su derecha. O por lo menos eso dice la Ley.
Iba, entonces, por esa Mario Bravo y cuando voy a doblar en Las Margaritas, veo un camión descompuesto y detenido en una posición como que salía de Las Margaritas para incorporarse en Mario Bravo. Los autos detrás del camión, en lugar de esperar a que pasaran los que veníamos entrando al Bosque, se tiraban en contramano a salir, obligando a los que veníamos legalmente por la mano que nos correspondía, a dar marcha atrás. Un espectáculo tan paupérrimo y detestable que hoy, una semana después, se ha cementado en mi cabeza como el símbolo de todo lo que está mal con este pobre país indigestado de imbéciles. Como decía mi padrino de tesis en la carrera de grado: somos un hato de tontos voluntariosos, lo último que se necesita para progresar. En aquel momento entendí lo que dijo pero no fui consciente del espectro de cosas a las que se aplica ese principio. En mi cabeza, en mi corazón... en mi pasaporte, hace una semana algo terminó, nada empezó.
Bajo esta nueva luz empecé a ver cosas a las que hasta ahora estaba negado, como cuando uno empieza a entender el significado del llanto de un bebé o del repentino silencio en la selva. Algo pasa, algo que no consideramos, que nadie nos aclaró, y que de pronto aparece deletreado con toda claridad a cualquiera de nuestros sentidos. Ya no puedo desverlo, como dicen en inglés (unsee). Servimos para poco, y lo que lo hace imperdonable: por decisión propia. Preferimos esto a encarar el pequeño sacrificio de adoptar ciertas normas absolutamente gratuitas y sencillas que no traen más que ventajas. Las vemos por la tele, las conversamos cuando volvemos de vacaciones del extranjero y nos llamaron la atención como rarezas, las recordamos de nuestros abuelos (en el imaginario colectivo, porque en lo personal dudo que jamás las hayamos tenido, salvo en casos muy puntuales y nada representativos). Pero de adoptarlas no se hace cargo nadie. Demasiado trabajo. Patético.
Esta epifanía le metió un tiro en la nuca a cualquier esperanza de que esto vaya a mejorar, Milei o Cristina, Perón, Menem o Yrigoyen. O Merkel, para el caso. Esto simplemente no va a ningún lado más que al inodoro, y ni siquiera ahí va a llegar, porque hasta para eso nos joden las riquezas naturales. Una crisis tipo 1ra Guerra Mundial, algo bien darwiniano y sin miramientos, es lo mínimo que hace falta para eliminar el lastre que hemos venido sembrando, cultivando y regando con tanto énfasis como ceguera. Tengo cero ilusión de poder salir un día de mi casa y cruzar la única bocacalle que me separa de la cochera de mi moto, sin mirar si vienen autos ni sufrir ese salto de adrenalina de tener que defender mi derecho a cruzar de forma segura y conforme a la Ley 24.449, art. 41 inciso e, con la modificación de que detenerse sea extendido a la "intención" de un peatón de cruzar, cosa que Leyes como la alemana o la sueca sí hacen. La Ley argentina, así como está, a pesar de que en principio debería funcionar como las otras, en la realidad fomenta el ignorar la prioridad del peatón y lo deja librado al criterio y la buena voluntad de los conductores. Una soberana idiotez, tanto en la teoría como en la práctica.