martes 17 de enero de 2012

Grace Kelly en turco

Hay personas que se contentan con un libro, o poder hacer un bizcochuelo, o aprender francés. Cada uno tiene algo con qué rascarse cuando le pica las ganas de superarse o de dejar algo que valga la pena para la posteridad (en lugar de para después). Uno a veces lo sabe, pero a veces no. Y a veces ni siquiera sabemos ganas de qué, solamente que nos falta algo. Yo me pregunto: ¿qué nos rascamos cuando escribimos un blog? ¿tenemos insatisfechas las ganas de qué? ¿qué buscamos?
Una amiga a la que respeto pero que es muy polarizadora, me dijo que le parece una estupidez escribir un blog. No sé los demás por qué lo hacen, pero no me extrañaría que mis razones sean estúpidas. No será ni la primera ni la última vez que hago algo de tarados. Creo que en mi caso escribo por una necesidad de usar al lector como conejillo de indias para mis ideas, para ver qué reacción generan en desconocidos antes de ponerlas en práctica. O a lo mejor para sentir que tengo voz. O que a alguien le importa lo que digo o pienso.
Con la misma curiosidad me pregunto por qué fotografío o por qué ando en moto. En el caso de la fotografía, me provoca placer jugar con una cámara, con todos los botones que tienen. Eso es un instinto masculino. Pero las imágenes, ¿para quién son? Por supuesto que me gusta que admiren mi habilidad con la cámara (si es que la tengo) y mi visión del mundo, pero quisiera creer que eso no es todo. Me gusta pensar que, primero que nada, fotografío para mí, como quien hace un barquito con una servilleta para después hacerla un bollito y tirar su obra a la basura. Para ver si podía, o qué lindo que sale el barquito. Excepto que las fotos las guardo porque me gusta mirarlas. Adoro la belleza, sobre todo lo que se ve. Y creo que ese es el producto último de practicar fotografía, por lo menos para mí: crear belleza. Alguno diría que no es crear, sino capturar. Es discutible. Yo digo crear porque uno, con la técnica, ya sea antes, durante o después de capturar la imagen, la modifica, y eso implica ser partícipe en la creación. Además, si no sacara la foto, la mayoría, la recontramegasuperabsolutaindiscutible mayoría de las veces, pasaría desapercibida. Captarla y capturarla son, entonces, a los fines de quien mira la foto, tan importantes como la creación de lo fotografiado, y en definitiva los últimos pasos en los eventos que condujeron a la creación de la foto. La imagen estaba ahí, la foto no.
Ahora que lo discutí con el teclado, creo que entiendo por qué fotografío, y el porqué ando en moto prefiero dejarlo para otra vez. Pero sigo sin entender por qué escribo en un blog.
¿Alguno/a que se ofrezca a tirarme un par de teorías?

A propósito, acabo de agarrar un canal de esos que uno siempre se saltea, y pasaban una película de 1953 con Grace Kelly, doblada en turco. El equivalente culinario sería comer una hamburguesa con dulce de leche.

viernes 30 de diciembre de 2011

Te amo


Ya era tiempo.
Estoy de vuelta en la civilización.
Donde las sonrisas pagan y las miradas se cruzan. Las frasen no se adornan idiotamente. Se hacen las cosas mal y la vida sigue porque es normal. El aire huele lindo, aunque esté un poco más fresco de lo que me gustaría para fin de diciembre. No hay tantas bocinas, y ya casi se puede cruzar la calle por las esquinas sin mirar. Y la lechuga no parece hecha de polietileno, y la carne tiene gusto a carne y no a barro. Haber nacido no es imperdonable, y respirar a tu propio ritmo no se castiga con campos de concentración. Familia no es una maldición sino una bendición.
En 3 palabras: estoy en casa.
Te amo Mar del Plata.

viernes 25 de noviembre de 2011

el arte de ser humano

Dicen que la inteligencia de una persona se puede medir por su capacidad de aprender de sus errores. Creo que esto en los últimos años se ha hecho popular y de alguna manera todos lo incorporamos a nuestra visión, y más o menos lo cultivamos. Pero como método de volverse más sabio y adaptarse a los rigores de la vida, no es el único. Aprender es la base del progreso como seres humanos y en mi modo de ver, irme a la cama cada día sin haber aprendido algo me hace preguntarme para qué me levanté. Es por eso que intento no solamente aprender de mi errores sino también de mis aciertos, pero no me llevó demasiado tiempo ni esfuerzo darme cuenta que eso tiene la limitación obvia de que abarca mi vida y nada más, un colectivo más bien acotado de experiencias, un menú de apenas un par de páginas. Y tengo hambre.
La conclusión lógica es entonces mirar afuera del propio ombligo y ver dónde la pegan y dónde la pifian los demás.
Este es un decálogo de cosas (científicas o no) que aprendí de los alemanes en el plano humano. Para entender esta paradoja, la técnica es muy fácil: uno mira lo que ellos hacen, y hace lo contrario. Garantía de progreso personal...

  1. No reírse de los propios chistes. Uno no es tan gracioso como piensa. Pasar la vida mirando con cara de elefante estreñido cuando los demás hablan y celebrando las propias palabras es patético.

  2. Asumir que uno puede estar en el medio, o de más, o inoportuno, o indeseado. No soy la luz de la vida de nadie, o un faro estoico contra la barbarie e ignorancia. Aprender a callarse/irse/correrse a tiempo evita que aquellos que piensan que soy un idiota se saquen la duda.

  3. Cuando alguien tiene un problema, está en el piso o desesperado, no festejarlo. No reírme. No hacerle preguntas o comentarios para que le quede claro lo gracioso que me resulta la situación. Eso es perverso. El sufrimiento de los demás no es para disfrutar ni está ahí para entretenerme o sacarme del tedio de mi patética existencia. Como ser humano, soy una masa informe de sensaciones y sentimientos que no tengo por qué controlar ni mantener a raya, más que la decencia mínima de no herir a los demás. Ofrecer ayuda, empatía, misericordia, no son debilidades execrables que hay que extirpar de la personalidad como a un tumor, sino lo que nos define como humanos.

  4. Puedo estar equivocado. Escuchar a los demás, ponerse en sus zapatos, mirarlos a los ojos, es el único sistema que funciona. Ignorar, ya sea por falta de conocimiento o por desprecio, es imperdonable. Hace daño al prójimo y a uno mismo. Deteriora al mundo, que ya tiene suficiente mierda. Hay que evitar por todos los medios encerrarse en uno mismo, y en su lugar abrirse a la posibilidad de que entendí algo mal y estoy actuando basado en premisas equivocadas y cometiendo una injusticia sobre alguien. Y los demás no tienen la culpa de mi estupidez, arrogancia y limitaciones. Es cierto que la primera impresión es la que cuenta, pero no quiere decir que sea la correcta.

  5. A veces, le toca al otro. En la esquina, en la puerta angosta, en la cola del supermercado, en la conversación.

  6. Mi frustración es mía. Si no soy bueno con la frustración, o tengo demasiada, no es culpa de cada pobre idiota que se me cruza, a menos que me la haya causado con su malicia, que es inaceptable. Hay que aprender a diferenciar entre lo que me saca de quicio y los que me sacan de quicio.

  7. Sonreír. Es gratis, nos hace sentir mejor, a nosotros mismos y a los demás. Poner cara de orto es de imbéciles sin talentos y que necesitan impresionar.

  8. Ejercer autoridad es muy difícil. Mientras más baja la calidad del individuo investido con autoridad, más mierda es en su ejercicio. Su función en la vida es ejercer esa autoridad, no servir a los demás. Es importante acordarse de esto. La justicia no juega ningún papel.

  9. Mis hijos son mi problema. Si están frustrados, encaprichados, enojados o felices, el vecino no tiene por qué escucharlos y sufrir mi incapacidad para educarlos. Mis hijos no tienen más derechos que los demás, ni son especiales, ni únicos, ni sagrados, ni más valiosos. Son míos y por eso daría la vida por ellos sin el más mínimo asomo de duda, pero eso no los convierte en perfectos. A veces la cagan, y hasta que alcancen cierto punto de madurez, no es su responsabilidad. Es mía.

  10. ... Se me ocurren infinidad de cosas más, como no ser necio, no ser falso, ser consecuente entre lo que pensamos, decimos y hacemos, y así. Pero lo quise parar en diez. No me gusta tardar demasiado entre la idea y la publicación de la entrada porque le quita realismo.

En fin, el invierno se acerca y el humor se modifica.
3 semanas, 2 días y 9 horas.

martes 20 de septiembre de 2011

Cosas de la vida

Anduve leyendo a Kurt Vonnegut y no pude más que inspirarme. Me hubiera gustado poner más acidez y humor pero me salió más serio de lo que quería, por razones conocidas. El que no esté de ánimo…

La fruta no alimenta: la fruta te hace cagar de hambre y, como es 95% agua, tiene volumen y parece que te va a llenar pero en cuanto el agua se fue (unos 35 segundos después de que te levantás de la mesa) deja un volumen vacío que hay que llenar con esas cosas que están en la base de mi pirámide nutricional: pizza, chocolate, galletitas. El resto es pasto y yo no soy vaca.
Las canillas de los aeropuertos: esas que tienen el sensor para que uno no tenga que tocar nada para abrir o cerrar el paso del agua. Lavarse las manos implica un breve chorro de agua para mojarlas, un poco de jabón, y un poco de agua para enjuagar. Los idiotas que calibran la duración del chorro de agua (o tan corta que no alcanza a humedecer la uña de un dedo, o tan larga que alcanzaría para lavar el auto) deberían ser pateados en la cabeza hasta que el hidrógeno se fusione.

Permiso de residencia: ¿quién fue el hijo de puta que les dio la visa a los alemanes para que entraran a nuestro planeta?

Políticamente correcto: es una doctrina gestada por una minoría ilógica y delirante, promovida rabiosamente por los medios inescrupulosos (o sea todos), que sostiene que es posible agarrar un pedazo de mierda por el lado limpito.

Autos: en algunas películas holibudenses a veces muestran la cochera de algún supuesto rico coleccionista de autos, en la que se alinean Ferraris, Porsches, Lambos y... eeee... un Mustang. O algún auto pedorro hecho en Estados Unidos. A ver, muchachos, entendamos algo: los yanquis no pueden hacer autos. Son una porquería con menos ingeniería que un cepillo de dientes. Comparar un Chevy con un Porsche es como comparar un boleto de colectivo con "El Aleph" de Borges.

Armas: a nadie debería permitírsele llevar algo más peligroso que un pelapapas. O un rallador de queso. En la vida diaria, las armas engendran el falso sentimiento de que uno puede resolver algo imponiéndose por la fuerza, cuando lo único que se logra es imponerse, no resolver un problema. Y eso solamente nos denigra. A los políticos en particular se les debería negar el acceso al uso de las fuerzas armadas, o ya que estamos, a entidades crediticias o a lo que el 90% de la población votante no tiene acceso.

Manejando en la ruta: ¿por qué es que cuando está prohibido adelantar (curvas, puentes, túneles) no viene nadie por el carril contrario pero tenemos un auto a la velocidad de una placa tectónica justo delante de nosotros? Y cuando por fin viene la recta y se termina la prohibición de adelantar, viene uno de frente.

Dios: se puede elegir entre vivir basado en la verdad, o basado en la fe. Uno se basa en la prueba, y el otro en la falta de ella. No es que sean dos conceptos necesariamente opuestos en su resultado, pero sí en el mecanismo que se usa para llegar a ese resultado, y eso es lo determinante. Cualquier estado intermedio es hipócrita y uno tiene que aprender a aceptar el hecho de que hay que decidir y no arrepentirse, porque no tiene nada de malo optar por uno u otro. Pero tanto o más importante es aceptar que los demás tienen el mismo derecho a tomar esa decisión.

Un cacho de cultura: decir gym, jogging, sticker o tip, por poner ejemplos obvios, o locación¹ o aplicación², no tan obvios pero todavía más garrafales, son idioteces que no subrayan el conocimiento de quien las usa, sino que lo denigran al lugar donde van los que no saben expresarse.
¹ La palabra inglesa location, que es de donde viene la confusión, se traduce al castellano como ubicación. Pero en nuestro idioma, locación, por muy similar que parezca, significa alquiler.
² Algo parecido pasa con aplicación, que en español quiere decir uso, pero como hay una palabra parecida en inglés, application, que quiere decir postulación, se las confunde.

El castellano tiene tela de sobra para abarcar casi cualquier cosa que haya para decir. Quien usa extranjerismos con el objetivo (consiente o no) de reflejar “mundo”, recurre a ellos como muletillas para disimular su falta de vocabulario y trata de dar a sus frases un aire sofisticado. A los ojos de quienes tienen más de 3 neuronas (las encargadas de las 3 funciones básicas: respiración, pulso, digestión) no se ensalza; se expone con bombos y platillos como el pobre inculto que es (que no es malo de por sí, solamente inconveniente) y lo celebra. Ahí radica su idiotez. Pity.

PD: la semana pasada un compañero de trabajo me informó de su intención de pasar el fin de semana inspeccionando rutas en Italia. A lo que yo, difícil como siempre ante semejante situación, después de unas 3 ó 4 décimas de segundo accedí con la condición del que la salida a) incluyera Croacia y b) excluyera nieve. La primera condición se cumplió, la segunda no.

Passo Pennes - 2211 metros de altura

Y sí, el paso se llama así, qué se le va a hacer. Por suerte los susodichos brillaban por su ausencia, y debo confesar que no los extrañé. Lo importante es que logré mantener la moto sobre las ruedas. Medio kilómetro manejando en estas condiciones equivalen a una maratón y media con un rosario de sandías. Juro que transpiré. Pero lo que vino después valió la pena...

miércoles 17 de agosto de 2011

el metro croata

Así como están las cosas, debería estar mejor. Revisando, tengo un trabajo que, incluso si ganara la mitad, sería calificado como un sueño. Me da muchas satisfacciones y me mantiene cerca de una de mis grandes pasiones de dos formas: durante las 8 horas por día en las que estoy oficialmente trabajando, diseño motos, y durante el resto del tiempo me permite acceder a las mejores motos que la industria tiene para ofrecer. El lugar en donde vivo tiene una tasa de criminalidad baja. No tengo miedo de volver tarde a mi casa, ni de llevar dinero o alguna pertenencia conmigo. No tengo miedo de la policía. No hay terremotos ni otras calamidades naturales. La infraestructura que los hombres y mujeres organizados en sociedad se esfuerzan por desarrollar, mantener y perfeccionar, funciona.

Pero.

De alguna manera no soy feliz. Y no es una felicidad que se me escapa de los dedos porque me falta ese último pedacito (la tele 3D o el auto caro o la mar en coche). Es una felicidad que, o la veo de lejos, o la perdí de vista. Ni siquiera tengo idea de qué es lo que me falta para disfrutar más la vida (aunque ese más parte de la suposición de que la disfruto en alguna medida).
Si bien existe la muy razonable tesis de que uno nunca es realmente feliz, que siempre está en la búsqueda de algo, esa es precisamente la clave. No estar contento no significa ser infeliz. Esa búsqueda, ese motor es lo que nos hace sentir vivos. Como el viajar en moto, el camino es el fin, no el destino, que es meramente circunstancial.
Hay varios motivos para explicar mi situación, lo cual sirve no solamente a propósitos académicos, sino que es además necesario para de alguna manera intentar revertirla. Lo primero que me viene a la mente es mi niñez, que fue condimentada por típicos ingredientes traumatizantes: divorcio, educación rígida, escuela elitista, etc. El efecto que esto tiene en el alma de una criatura de 4-5 años es impredecible en calidad y magnitud. Algunas personas se desarrollan y llevan una vida plena y feliz a pesar de haber vivido y sobrevivido a cosas mucho peores. Otras, a pesar de recibir todo lo que la psicología moderna y el sentido común recomendarían, se convierten en asesinos seriales. La mente humana es maravillosa en la amplitud de permutaciones que puede desarrollar y abarcar, y eso incluye también opciones que asustan. A veces, la mayoría de las veces, en realidad, lo que sucede es que la niñez deja esquemas y temas plantados en el alma de una persona y depende del entorno posterior que pasen desapercibidas, que se manifiesten complicando su vida, o que la hagan un tormento.
Alemania es mi catalizador personal. Es un lugar estéril, poco nada humano y muy exigente cuando uno está acostumbrado a otra cosa. No hay sonrisas, charlas, generosidad, autoestima, misericordia o sentimientos. Y esas cosas son muy necesarias, y yo las extraño y sufro su ausencia como pocos. Son aspectos de los que me rodean que alimentan mi alma y que necesito como al aire que respiro. Cuando me faltan, funciono reciclando la reserva acumulada hasta que se acaba. Nada nuevo bajo el sol. Todos funcionamos igual. Y mi reserva hace mucho que se agotó. Antes de llegar a este punto era como cualquiera, disfrutando lo que había para disfrutar y conviviendo con lo que actuaba en detrimento de ese disfrute, a veces mansamente, a veces a manotazos. Aprendí, como cualquiera, a maniobrar para minimizar lo negativo y maximizar lo positivo. Y funcionó bien durante mucho tiempo. O parecía funcionar, no sé si bien o mal, aunque a la luz de lo que hoy me pasa parece que funcionaba mal.
A veces leo sobre experiencias de otros en este y otros lares y veo cómo la mayoría se encuentran en la parte anterior a ese punto de inflexión, y los envidio. No les va ni peor ni mejor que a mí, simplemente todavía tienen, ya sea por alimentación diaria o en reserva, lo que su alma necesita para afrontar el desafío de cada día. Me encantaría sentirme mejor como para poder hacer un recuento de las cosas "normales" que me pasan y que tengo la fortuna de vivir, como cualquier hijo de vecino con un blog. En lugar de eso estoy sumido en estas cosas con las que los alemanes aderezan la vida de los demás. No hay que mezclar: no tienen nada contra mí, simplemente son así. Entre ellos se tratan igual. Es demasiado fácil caer en la tentación de concentrarse en todos sus aspectos negativos y amargarse la vida. Es un proceso normal y que lleva a la siguiente pregunta: ¿por qué estoy acá? O sea, ¿por qué no me voy?
Pregunta estúpida, que solamente alguien que no haya pasado por el proceso de levantar campamento e irse puede plantear. Para los que pasamos por ese trauma, incluso más de una vez, la pregunta se contesta sola. Es como tratar de justificar por qué 2 más 2 es cuatro. O por qué, a pesar de estar más cerca, la mano no puede tocar el codo pero sí el hombro. Es tan trivial que cuesta dar una explicación más allá del "porque es así". A pesar de eso a veces me veo en la necesidad de pensar y justificar mi decisión de no irme, y eso es muy caro en términos anímicos. Es como desafiar a la matemática y que alguien tenga que empezar de cero a inventar las tablas de multiplicación, solamente para estar seguros (por millonésima vez) de que no hay errores. Te la regalo.
Sin embargo, el hecho continúa y me gustaría poder disfrutar de los problemas normales de sentirme infeliz porque no tengo el tele 3D o el auto ABCD. Si uno le pregunta a una alemana qué anhela en su pareja, te dice cosas como: que me sea fiel, que me trate bien, que me escuche. Cosas que en lo personal aprendí que son la hoja en blanco sin la cual ni siquiera se puede empezar a escribir una relación, y sin embargo, por su pobreza, es a lo máximo a lo que espiran las alemanas. Y yo estoy en una situación parecida. No quiero el auto ABCD, quiero que quererlo y no tenerlo sea mi problema.

En otro orden de cosas el jueves pasado me rallé y me fui en moto a Dubrovnik, en la punta sur de Croacia, vía Eslovenia y Bosnia y Herzegovina. Visité Maribor y Liubliana en Eslovenia, y Varaždin, Zagreb, Gospić, Dubrovnik, Split y Zadar en Croacia. Manejé casi 3000 km en 4 días y tomé sol y respiré aire puro y me codeé con gente. Para esto es que tengo a mi linda japonesa negra.


Con todas las bellezas que ví este fin de semana, una cosa que me quedó para el recuerdo, además de las mujeres, fue que en Croacia ponen carteles con el simbolito de una estación de combustible, una flecha a derecha (o a izquierda) y abajo dice por ejemplo 100 m. Uno pensaría que hay que doblar a la derecha y hacer 100 metros para encontrar combustible, pero no: quiere decir que a esa distancia, a mano derecha, está la susodicha estación. Hasta ahí bien, cosas de convenciones, nada de qué espantarse. Lo gracioso es que si el cartel dice 100 m, lo mínimo que falta son 200. Mínimo. Cómo miden las distancias en Croacia es un misterio para mí... habrán aprendido del INDEC o algo así.

martes 21 de junio de 2011

perita

Sin desviarme para opinar sobre su gestión, el hecho es que desde la llegada a mi querido país (Argentina) de una mujer a la presidencia, el idioma que hablamos se ve constantemente atacado por personas (ella incluída) que sienten la necesidad de una reivindicación o alineación, ya sea por motivos psicológicos, ideológicos, o políticos. La palabra que es abanderada de esta ridiculez es una de mis preferidas y de la que ya hablé alguna vez: presidenta.
Lo que sigue es mucho copiar-y-pegar de un artículo de Wikipedia sobre el tema. Quisiera mencionar que considero Wikipedia una fuente de fuentes, y no una fuente en sí misma. Esto es, cuando necesito información sobre un tema, los artículos que se encuentran en Wikipedia son, salvo en contados casos, opiniones personales de todo tipo y calibre. O sea: mierda. Lo que me interesa son las referencias al pie de página, esas que nos derivan a fuentes con mejores dotes para los asuntos de documentar el saber humano, aunque incluso esa lista, no siempre disponible, tampoco es que sea exhaustiva ni mucho menos. Dicho esto...
En español existen los participios activos como derivados verbales. El participio activo del verbo atacar, es atacante; el de sufrir, es sufriente; el de cantar, es cantante; el de existir, existente.
¿Cuál es el participio activo del verbo ser? El participio activo del verbo ser, es 'el ente'. El que es, es el ente. Tiene entidad.
Por ese motivo, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se le agrega al final 'ente'. Por lo tanto, la persona que preside, se le dice presidente, no presidenta, independientemente del sexo que esa persona tenga.
Quien ignora es ignorante, no ignoranta, quien que preside es presidente, no presidenta... y quien ignora cuando no sólo se le ha llamado la atención de su error y mostrado la forma correcta, sino también explicado por qué, no es ignorante: es necio. O necia.
Me permito agregar unas cuantas palabras para ampliar un poco más el horizonte y como lo mejor es ir a las fuentes, el seguiente texto es de la Real Academia Española y destaco lo más cercano al tema. Quiero agregar que en varias oportunidades la propia RAE tuvo que modificar su postura cuando aceptó erróneamente algun vocablo o definición. Aclaro esto para quienes defienden erróneamente presidenta bajo el paraguas de la aceptación por parte de la RAE como válida. Por lo expuesto anteriormente y las ampliaciones y explicaciones a continuación me permito asegurar en forma taxativa e indudable que la forma correcta es presidente y que presidenta contradice varias normas de la propia Real Academia Española.
Se dice estudiante, no estudianta; se dice paciente, no pacienta; se dice dirigente y no dirigenta.
Quienes dicen presidenta no sólo hacen un mal uso del lenguaje por los motivos que mencioné al principio, sino por ignorancia de la gramática de la lengua española.
Algún avispado podrá (y así debe ser para una sana discusión en la que uno discute el tema y no ataca la opinión en sí o a su dueño) destacar la existencia de los sustantivos epicenos, o sea, aquellos que, designando seres animados, tienen una forma única y a la que corresponde un solo género gramatical para referirse, indistintamente, a individuos de uno u otro sexo. En este caso, el género gramatical es independiente del sexo del referente. Hay epicenos masculinos (personaje, vástago, tiburón, lince, jefe) y epicenos femeninos (persona, víctima, hormiga, perdiz). La concordancia debe establecerse siempre en función del género gramatical del sustantivo epiceno, y no en función del sexo del referente; así, debe decirse "la víctima, un hombre joven, fue trasladada al hospital más cercano", y no "la víctima, un hombre joven, fue trasladado al hospital más cercano". En el caso de los epicenos de animal, se añade la especificación macho o hembra cuando se desea hacer explícito el sexo del referente: "la orca macho".
La persona que transcribió esto último de la RAE agrega lo siguiente:

Dentro de este grupo están también los sustantivos terminados en -ante o -ente, procedentes en gran parte de participios de presente latinos, y que funcionan en su gran mayoría como comunes, en consonancia con la forma única de los adjetivos con estas mismas terminaciones (complaciente, inteligente, pedante, etc.): el/la agente, el/la conferenciante, el/la dibujante, el/la estudiante.
No obstante, en algunos casos se han generalizado en el uso femeninos en -a, como clienta, dependienta o presidenta. A veces se usan ambas formas, con matices significativos diversos: la gobernante (‘mujer que dirige un país’) o la gobernanta (en una casa, un hotel o una institución, ‘mujer que tiene a su cargo el personal de servicio’).


Creo que este último párrafo es un ejemplo perfecto de lo que comenté antes sobre la mala calidad de los artículos de Wikipedia y de cómo una persona avispada puede recurrir a confundirnos para, a continuación, hacernos dudar de nuestras creencias (correctas o no) y hasta reemplazarlas por otras.
Efectivamente, en el primer párrafo se usa una falacia, es decir, hacer uso de una verdad para demostrar algo que no lo es. Esto lo efectúa mezclando adjetivos como inteligente* con participios activos (discutidos arriba) como dibujante, derivado en este caso del verbo dibujar.
En el segundo párrafo el autor hace referencia a pasados errores (la feminización de términos que no tenían sexo) para justificar los errores que se están cometiendo ahora, y espera su aceptación. Ajá.
Ahora supongamos que en las elecciones presidenciales que están próximas a celebrarse gana un hombre. ¿Le vamos a decir presidento? =P

* edición de última hora: inteligente también es un participio activo, pero en este caso es usado como un adjetivo. Gracias Pablo (ver comentarios).

viernes 17 de junio de 2011

la última vez

Para no ser tildado de materialista o frío, uno debería pregonar, o incluso aceptar como principio, que la felicidad no se puede medir. Medir es básicamente comparar, y para eso se necesitan dos cosas: una unidad de medida y un cero. Yo creo que los encontré. El tema es un poco difuso, de hecho incluso cuesta encontrar el punto cero a partir del cual medir, pero se me ocurrieron un par, mientras que la unidad de medida es la misma que el tiempo. Podemos elegir segundos, minutos o días, eventualmente hasta años, dependiendo la magnitud de lo que vamos a medir.
El punto de partida sería alguno de estos:
  • la última vez que miramos las estrellas,

  • la última vez que salimos a caminar porque llovía,

  • la última vez que un “te quiero” se nos escapó de los labios,

  • la última vez que caminamos haciendo equilibrio por el cordón de la vereda,

  • la última vez que escuchamos nuestro propio corazón latir,

  • la última vez que extrañamos a alguien que todavía está en nuestra vida,

  • la última vez que venía el cumpleaños de alguien valioso para nosotros y supimos exactamente qué regalarle,

  • la última vez que nos fuimos a dormir en paz,

  • la última vez que nos despertamos y nos alegramos de estar vivos,

  • la última vez que comimos unas papas fritas tan ricas que no les agregamos nada,

  • la última vez que comimos solos sin sentirnos solos,

  • la última vez que nos sentimos verdaderamente acompañados…

Por supuesto que esta escala funciona al revés: mientras más chico el resultado más felices somos. ¡Pss!